Enriqueta Cabrera
Nadie ganó, todos perdieron con el fracaso de la reforma migratoria en el Senado estadounidense: en primer lugar los indocumentados para quienes podría haberse abierto un camino difícil pero no intransitable hacia la regularización; además, se cerró el camino a la migración legal y se abrió a la continuación de la migración indocumentada que seguirá sin otra alternativa.
Todos quedan en una situación más frágil, los que ya viven y trabajan en Estados Unidos y que son casi 7 millones de mexicanos y cerca de 10 millones de latinos; estarán también en situación cada vez más difícil y vulnerable los que lleguen a cruzar una frontera de más en más cerrada, mortal y violenta.
Fue una derrota significativa para todos los políticos, para los senadores republicanos (en su mayoría) que se opusieron a una nueva legislación de inmigración —la de su presidente— y creyeron ganar matando la reforma. Se les olvidó que dejaban la inmigración indocumentada de 12 millones sin salida y que cerraban el camino a la migración temporal legal y ordenada.
Fue un fracaso para el presidente que empeñó su palabra en que sacaría adelante el proyecto de reforma. Para su liderazgo representó una estrepitosa derrota en política interna. También fracasaron los demócratas que no lograron reunir los 60 votos necesarios para limitar las enmiendas y pasar a votación. Incluso 13 senadores de ese partido votaron en contra; perdió la opinión pública estadounidense que mayoritariamente se había manifestado en varias encuestas en favor de abrir el camino para la regularización migratoria de 12 millones de indocumentados que cumplieran con ciertos requisitos. Bien vistas las cosas, en la perspectiva inmediata se abre la incertidumbre para millones.
México recibió un duro golpe, aun con su política de no migratizar la agenda bilateral y de blindar la discusión en torno a la reforma migratoria que se discutía en el Senado estadounidense, evitando cabildeos, declaraciones o posturas que pudieran obstaculizar su eventual aprobación. El gobierno federal reaccionó en una sonora declaración crítica (a posteriori) junto con siete países centroamericanos sobre el fracaso de la reforma migratoria.
Los que consideran que ganaron son los políticos del país más poderoso del planeta que paradójicamente tienen visiones aldeanas, los racistas. Avanzó toda una gama de antimigrantes que va desde los autollamados “vigilantes” de la frontera hasta los grupos racistas del Ku Klux Klan, los skinheads, los nativistas y tantos más.
También consideran que ganaron los locutores que llamaron a una batalla del pueblo contra el gobierno para exigir a sus senadores no aprobar la “amnistía”. Lo que consideran su triunfo fue envenenar aún más el ambiente con el miedo, el rechazo de la realidad y el racismo.
Pero sobre todo ganó el miedo, se impusieron los fantasmas sobre la realidad. Ese miedo del que afirma Al Gore que “es el más poderoso enemigo de la razón”, que cuando se impone desplaza a el intelecto y arroja con frecuencia como resultado el odio irracional y la división. El liderazgo de Bush, dice, se ha caracterizado por la utilización política del miedo. ¿No fue eso lo que se impuso para cerrarle el paso a la reforma migratoria? Los senadores que derrotaron la reforma no partieron de reconocer realidades, no buscaron soluciones.
La migración no es un asunto que pueda abordarse de manera pragmática, día a día con una declaración y una medida aquí y allá. Se trata de un fenómeno complejo, amplio, creciente, de carácter binacional por los millones involucrados, así como por sus causas y reprecusiones en ambos países.
Para México debiera ser evidente que no se puede continuar improvisando, dando un paso adelante y otro atrás. La migración atañe la vida de millones, tiene impactos económicos, consecuencias demográficas aquí y allá. Interactúa en la cultura y redibuja la relación mexicano-estadounidense.
Del fracaso de la reforma migratoria hay que sacar algunas conclusiones. En primer lugar que el escenario es crecientemente complicado: el fracaso del presidente y del Congreso llevará a más legislaciones locales contra los indocumentados. En el nivel federal se incrementarán las redadas y deportaciones con el consecuente temor de los indocumentados. En la frontera aumentarán los muertos y la violencia.
En lo inmediato la perspectiva empeora para los indocumentados en Estados Unidos, que tendrán que esperar el desahogo del calendario político. La no-reforma tuvo una dedicatoria negativa a México y a millones de mexicanos y latinos, a la frontera donde prevalece la fuerza unilateral sobre la cooperación, donde el rechazo a los indocumentados se amplía hasta tornarse racista. Todo ello en tiempos en que la migración ha entrado en una nueva era que podría representar beneficios para millones y para ambos países.
No hay tema más importante en la relacion bilateral con Estados Unidos que la migración.
Periodista y antropóloga social
