México y su política exterior

Jorge Montaño

Durante el sexenio pasado se volvió un lugar común señalar que la política exterior carecía de un rumbo definido. Se destacaban los cambios y alteraciones que descoordinadamente operaban Los Pinos, Relaciones Exteriores y otras dependencias del Ejecutivo. El desaseo era generalizado y se fue profundizando con el avance del periodo presidencial. Los excesos retóricos no se limitaban a los miembros del gabinete y a su jefe, sino participaban del desorden funcionarios de menor rango. En efecto, era evidente la falta de un mapa de navegación que obligara a respetar los parámetros mínimos del quehacer diplomático, lo cual contribuyó al desmantelamiento de la presencia de México en el exterior.
La improvisación y el voluntarismo causaron serios estragos en el prestigio nacional, mismo que continuamente ponían a prueba los tomadores de decisiones. La relación con Estados Unidos, asentada en pilares sólidos durante 12 años, se estancó ante la existencia de códigos de comunicación diferentes. Los acontecimientos terroristas del 11 de septiembre cambiaron las reglas, asunto que pasó de noche a nuestra creatividad para interpretar los nuevos tiempos. Una demora inexplicable en las expresiones de condolencias y solidaridad con el vecino propiciaron un inevitable enfriamiento, que se tradujo en reclamos airados por las posiciones encontradas del conflicto en Irak. Nuevamente los exabruptos a destiempo alimentaron un clima de confrontación. No fue nuestra presencia en el Consejo de Seguridad como lo sugieren ingenuamente algunos, sino la forma inapropiada como nos comportamos dentro y fuera de este órgano.

Chile, que ocupaba el otro asiento de la región, observó una actitud contrastante, sin ventilar las diferencias o proponer alianzas en supuesto pie de igualdad con Francia como hizo México. Tampoco entró en el terreno de las hipótesis, para explicar posturas ante resoluciones que nunca se sometieron a voto, ni su jefe de Estado hizo gala de influencia mundial mediante telefonazos publicitados con los miembros permanentes. La austeridad chilena en el Consejo, sin renunciar a sus convicciones, culminó con la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no obstante que se opuso, igual que México, a la guerra. Entre tanto la relación de los vecinos se enfrió a niveles inéditos en la época moderna. La misma lógica explica el desencuentro con el sur, donde además entramos a la riña y el insulto sin motivo alguno.

El cambio de estilos con el gobierno de Calderón ha sido notable, y en los hechos ha sido tan drástico que empieza a causar preocupación. Al desaparecer las declaraciones montesorianas, no se les ha reemplazado con una política de comunicación discreta pero efectiva. El silencio impuesto ha generado la injusta percepción que estamos sumidos en el inmovilismo, pasmados ante la falta de proyecto, lo cual no coincide con acciones que reflejan un marco de referencia y objetivos muy puntuales. El replanteamiento de la relación con América Latina ha significado varios encuentros con los mandatarios centroamericanos, presencia en el Grupo de Río, proyectos comunes con cancilleres sudamericanos, sin olvidar la visita de estado de la presidenta de Chile y en unas semanas la de Lula.

Hacia el norte, donde el clima preelectoral exacerba el ensimismamiento, se han abierto los espacios que permite una agenda concentrada en la política interna. El debate migratorio en el Senado es asunto doméstico, al cual nada se puede contribuir. Con Canadá la agenda siempre ha sido, para desgracia de ambas partes, errática y poco concreta. Por tanto, nadie debe esperar cambios espectaculares. Las dos giras presidenciales en Europa han seguido los itinerarios correctos para establecer canales de comunicación políticos y sentar las bases para incrementar el intercambio comercial.

El clima de inseguridad que priva en el país ha sido el gran detonador de una percepción negativa para la inversión y los flujos turísticos. Los temores se detectan con facilidad y este es un factor que esta dañando innegablemente nuestro quehacer internacional. Cabe esperar que la discusión sobre el ingreso de México al Consejo de Seguridad se resuelva pronto y en forma favorable. No hay lugar a dar cabida a los temores infundados que aconsejan declinar nuestra aspiración. Sería un error costoso que dañaría irreversiblemente la imagen de México en un momento en que se reclama su reinserción activa en el contexto regional y universal.

montesco98@yahoo.com

Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

¡Comparte la nota!