Roger Díaz de Cossío
En 1972, con los resultados del Censo 1970, nos preguntábamos si sería posible ofrecer servicios educativos a las comunidades con 100 habitantes o menos, que entonces eran 56 mil en toda la República. México se ha vuelto más disperso desde entonces. Para 2005 se estima que el número de comunidades es de ¡140 mil! Nadie sabe muy bien por qué crecen las comunidades pequeñas y, al mismo tiempo, se hacen más grandes las ciudades.
Volviendo a 1972, ideamos entonces el esquema que se llamó Cursos Comunitarios para atender a estas pequeñas comunidades con un instructor. Los profesores normalistas titulados no querían ir, ya los habíamos elitizado, así que se pensó en enviar a jóve-nes egresados de secundaria, después de una breve capa-citación, a estas pequeñas comunidades donde atenderían quizá una docena de niños de todas las edades escolares, de seis a 14 años. Se estarían dos años en las comunidades, comiendo y viviendo como todos los habitantes. Al terminar su misión, se les otorgaba una beca para sus estudios de bachillerato. El esquema fue inspirado en los maestros rurales y misioneros de los años 20.
Se hizo un maravilloso libro que se llamó la Guía del instructor comunitario, que hasta les decía cómo construir su casa y su escuela. El esquema, no sin pasar sus vicisitudes, ha tenido éxito y se mantiene hasta hoy. Existe ahora también el Preescolar Comunitario.
Actualmente se ofrecen 33 mil cursos comunitarios a través del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), organismo descentralizado del sector educativo que fue creado para llevar a cabo programas educativos no convencionales y para conseguir recursos (ahí Prudencio López estableció las bases para la lotería deportiva cuyos beneficios, pensábamos, debían ser para la educación pública, pero el presidente Echeverría dictaminó que fuera para la asistencia pública, como es hasta el día de hoy).
Los cursos comunitarios han sido un éxito, son una de las pocas acciones, claras y mesurables, que se hacen para combatir la desigualdad y la miseria. Los instructores o instructoras, porque muchas son jóvenes mujeres animosas e idealistas, a veces tienen que viajar un día a caballo para llegar a sus comunidades. Después de sus misiones de dos años, los instructores e instructoras han sufrido un cambio espiritual, se han transformado en luchadores por el beneficio del país. Los jóvenes compensan con entusiasmo y dedicación su falta de experiencia docente. Las mejores historias y las más conmovedoras del sector educativo provienen de los cursos comunitarios.
En años recientes, además de la primaria, existen preescolares comunitarios, con instructoras que atienden niños pequeños menores de cinco años.
La cobertura es todavía escasa. Deberían establecerse unos 100 mil cursos comunitarios, como el triple de los que hay ahora. Para esto se necesitarían unos 3 mil millones de pesos más. Muchos dicen que la inversión en esta población dispersa no es rentable. Yo digo, con contundencia, que es indispensable para ir moderando la desigualdad. Con los años, muchos de estos niños han llegado a ser profesionales y, desde luego, la mayoría de los instructores e instructoras. No puede haber mejor inversión.
En 1993, la Ley General de Educación estableció el marco de operación de los Programas Compensatorios, dentro de una serie de acciones gubernamentales para moderar la desigualdad; Conafe asumió, en coordinación con las secretarías de Educación de los estados, la responsabilidad de estos programas, dirigidos principalmente a las comunidades rurales e indígenas, con la finalidad de contribuir a disminuir el rezago educativo. Así se implanto una serie de programas financiados por el Banco Mundial.
Durante los últimos cinco años se ha logrado beneficiar en cada ciclo escolar a cerca de 5 millones de niños y alrededor de 60 mil centros escolares (preescolar, primaria y telesecundaria) que incluyen a todas las primarias indígenas. Se apoyan los siguientes elementos de las escuelas más pobres: construcción y rehabilitación de espacios educativos; dotación de mobiliario, equipo y material escolar; diseño y distribución de textos y materiales de educación indígena; reconocimiento al buen desempeño docente, apoyo a la supervisión escolar; asesoría y capacitación de docentes y directivos. El programa ha funcionado satisfactoriamente, aunque, nuevamente, es escaso.
Actualmente, el Consejo Nacional de Fomento Educativo es el único organismo del sector que llega con servicios a los más pobres y miserables de este país.
Presidente de la Fundación Solidaridad Mexicano-Americana
