Alberto Aziz Nassif
En la mira pública por su décimo Congreso Nacional, el PRD enfrenta uno de sus momentos más complicados en sus 18 años de existencia. Para mirar al partido se necesita ampliar el enfoque y ver también qué pasa alrededor. De forma inmediata el bache está a la vista: el conflicto electoral de 2006 metió al PRD en una crisis que ha hecho crujir sus estructuras y le replantea la urgente necesidad de una recomposición.
Por supuesto que no se trata de una crisis que inició en 2006, sino que se ha sedimentado a lo largo de los años, está en la arquitectura más íntima de ese partido, en sus tensiones no resueltas entre la institucionalidad y los liderazgos, entre ser movimiento o partido, ser oposición y ser gobierno, entre sus grupos y corrientes —tribus— y los repartos de posiciones y cuotas; en fin, entre ser una izquierda más moderna o más populista. El PRD es un ejemplo de lo que la sociología de Angelo Panebianco denominó el paso de un partido solidario a un partido de intereses. Pero no es un problema exclusivo del PRD; es un rasgo que se aplica a todos los partidos.
Los partidos políticos en general atraviesan por diversos tipos de crisis: tenemos en primer lugar la crisis de la forma partido que ha asumido un modelo mediático, electorero y de liderazgos personalizados, con una predominancia de la mercadotecnia, el pragmatismo y un borramiento de las ideologías.
En segundo lugar, podemos ubicar la crisis de los sistemas de partido y su incapacidad de construir una gobernabilidad eficaz. La fórmula mexicana que tenemos es sin duda la más complicada: un presidencialismo con gobiernos de minoría dentro de un sistema multipartidista (tres grandes partidos y un conjunto variable de pequeños partidos) con un sistema de reglas que funcionaba para un sistema de partido hegemónico. A las dos anteriores se puede añadir la crisis de un modelo electoral que ha degradado la política partidista y la ha reducido a una confrontación mediática, costosa y conflictiva, que hoy en día marca a la política mexicana en todos sus escenarios, gobiernos, congresos y elecciones.
Con este conjunto podemos explicarnos la degradación de la política y el poco aprecio ciudadano por la política, los partidos y los legisladores. No sólo el PRD atraviesa por una crisis importante; también el nuevo partido gobernante, que tardó bastante en asimilar el cambio de ser partido opositor a partido gobernante, pero desde que lo entendió se ha dedicado a repetir las inercias más torpes y despreciables del viejo régimen.
El panismo se ha impregnado de los vicios de su antecesor, no sólo por la reconstrucción de las alianzas con la peor parte del viejo corporativismo que ahora es su aliado estratégico, como sucede con el magisterio elbista; la abierta entrega a los intereses económicos y mediáticos, como se hizo con la ley Televisa, o la entrega de decenas de millones de pesos a eventos de Televisa, como hizo en Jalisco su torpe gobernador; sus pugnas internas entre la derecha y la extrema derecha; el acercamiento abierto a las prácticas religiosas, como distintivo de un regreso conservador al siglo XIX que atenta contra el estado laico.
El viejo partido gobernante no ha logrado superar la crisis de haber perdido el poder presidencial, y entre la fragmentación de sus liderazgos ha incubado una etapa de multiplicación de cacicazgos regionales, jefes territoriales, gobernadores que se mueven en función de agendas propias y, casi todos, con aspiraciones de llegar a la Presidencia de la República; además, otra jefatura en las dos cámaras de Congreso que opera como fiel de la balanza frente a la polarización entre PAN y PRD; y una menguada dirección nacional que no atina a unificar tantos intereses dispersos.
Estos son algunos de los saldos que ha dejado un maltrecho inicio democrático, en el que tenemos un sistema político completamente desestructurado. El Estado está debilitado frente a las amenazas de gobernabilidad que crecen de forma cotidiana sin que los actores políticos logren ponerse de acuerdo para construir nuevos pactos, que permitan al país salir del pantano.
La lista de problemas y enfermedades por las que atraviesa el principal partido de la izquierda en México, como los perredistas más autocríticos lo establecieron en el polémico documento base de su décimo Congreso Nacional, Propuesta de Línea Política, es abrumadora: desde la falta de organización y de una estructura institucional que funcione —porque lo jurisdiccional no opera, no hay certeza para sus militantes a la hora de elegir candidatos y dirigentes; los órganos autónomos no son realmente autónomos ni imparciales porque siempre se imponen las cuotas y las tribus—, pasando por “un pragmatismo generalizado y la ausencia de una cultura democrática”, hasta llegar a la falta de una organización territorial que funcione. La caída electoral de los últimos procesos locales, comparada con los de 2006, es un indicador importante, aunque las cifras hay que tomarlas con cautela, porque a otros partidos les ha pasado lo mismo, también el PAN ha perdido votos (ver Yucatán y Aguascalientes).
No le será fácil al PRD encontrar nuevas rutas para salir de su pantano; circula por una estrecha ruta entre dos precipicios: superar a sus caudillos y no autodestruirse en el jaloneo de las tribus. A los graves conflictos del PRD se suma la fuerte división para enfrentar el actual momento del país, para definir qué tipo de oposición va a ser el PRD, para ver si va a mantener la línea dura que marcó su ex candidato a la presidencia —no negociar nada, cero autocrítica— o va a asumir la fuerza que tiene y el mandato de las urnas que lo posicionó como la segunda fuerza política. De la definición de coyuntura que le den a ese dilema saldrá el tipo de partido de los próximos años. Por lo pronto, esta diferencia terminó por reventar al final el décimo Congreso y se quebró la pretendida unidad perredista.
Si el PRD logra resolver sus dilemas internos se puede convertir en el contrapeso que necesita el país; de lo contrario, seguirá perdiendo terreno como un rehén de sus tribus y tensiones internas. Veremos…
Investigador del CIESAS
