Lo que se dijo y lo que no se dijo

Rosario Green

La tercera Cumbre de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) tuvo lugar en Canadá la semana pasada. Se trataba de un encuentro del que difícilmente se esperaban grandes resultados, en virtud de que el presidente Bush cuenta con un capital político cada vez más reducido, mientras que el presidente Calderón y el primer ministro Harper apenas están tratando de construir los propios. Además, para fines de la opinión pública mexicana, el encuentro se vio opacado por las amenazas, desafortunadamente cumplidas, del huracán Dean.
Al término de la reunión se emitió la obligada declaración conjunta, cuyo énfasis está puesto en la competitividad regional, como una respuesta no explícita vis-a-vis la pérdida de dinamismo del TLCAN frente al empuje de la Unión Europea, de las potencias emergentes de Asia y del Mercosur. No obstante, el documento no hace referencia alguna a dicha circunstancia y, consecuentemente, no hay el menor asomo de una revisión crítica de los factores que podrían estar ocasionando una desaceleración regional, lo que cancela las posibilidades de corregir el rumbo.

Por el contrario, en el texto se avala el trabajo hecho por los ministros de Comercio para impulsar los intereses comunes de los tres países en la Ronda de Doha, a partir “del éxito del TLCAN”. Una mínima aproximación a aquel complejo y accidentado proceso de negociación multilateral haría obvia la falta de coincidencias en las necesidades de los tres países y podría ser de ayuda para desentrañar las limitaciones del tratado.

Al abordar los temas de la energía sostenible y del medio ambiente, la única referencia concreta de la declaración conjunta es la relativa a la elaboración de proyectos en el marco del Acuerdo Trilateral de Cooperación en Ciencias y Tecnologías Energéticas, suscrito en julio pasado.

La críptica relación de áreas prioritarias de tal acuerdo no deja claro si entre sus objetivos se encuentra incorporar a México en el proyecto de producción intensiva de biocombustibles, propósito esencial de la visita del presidente Bush a Brasil en su selectiva gira latinoamericana en marzo.

La parte de la declaración destinada a la importancia de tener fronteras “tanto eficientes como seguras para continuar mejorando la prosperidad, la seguridad y la calidad de vida en América del Norte” resulta decepcionante, para decir lo menos, pues deja de lado cualquier mención a la dinámica de mayor relevancia social, económica y política que tiene lugar a través de las líneas divisorias internacionales: la migración. Resulta significativo que en la conferencia de prensa, al final de la reunión, el presidente Calderón se haya limitado a señalar: “Queremos también fronteras eficientes, fronteras que permitan el paso verdaderamente a quien aporta, a quien produce, a quien construye”.

Si bien el tema de la seguridad no ocupa mayor espacio en la declaración conjunta, la negociación en paralelo a la reunión de un acuerdo en materia de combate al narcotráfico y a la violencia fronteriza, bautizado como Plan México por los comentaristas, es un hecho confirmado por las intervenciones de los presidentes Bush y Calderón en la conferencia de prensa, aunque los voceros del gobierno mexicano hayan tratado de minimizarlo.

Se trata de un acuerdo de gran envergadura, cuyas características tendríamos que tener claras los mexicanos, sin esperar a conocer los detalles cuando Bush solicite a su Congreso los recursos para implementarlo.

Si algo quedó claro es que la cumbre ha dejado más dudas que certezas y que poco habrá qué esperar en el ámbito trilateral en los meses restantes del mandato del presidente de Estados Unidos.

Senadora de la República (PRI)

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