José Fernández Santillán
Uno de los elementos constitutivos de la democracia consiste en someter a los gobernantes a un control estricto por parte de los ciudadanos, con el propósito de que el poder no sea utilizado para fines distintos del bien público.
En efecto, a lo largo de su dilatada historia, que corre del siglo V aC a nuestros días, la democracia ha tratado de someter a una vigilancia constante a quienes ostentan el mando para que no abusen de él. Los mecanismos más socorridos para este fin han sido la presentación de informes periódicos, la rendición de cuentas y, sobre todo, el escrutinio público de la actuación de los funcionarios.
En contrapartida, los regímenes no democráticos se caracterizan por la ausencia de vigilancia sobre los gobernantes para que éstos puedan utilizar las instituciones en su propio beneficio.
Frecuentemente se olvida que así como la democracia viene de lejos, también sus opuestos, es decir, la autocracia y la oligarquía, tienen una larga historia que testifica los excesos en los cuales incurren los gobernantes cuando éstos no tienen freno para cometer toda clase de tropelías.
Los dispositivos más usados para tal propósito son el ocultamiento de información, el engaño, la manipulación para evadir el examen público de su comportamiento. Bien se dice que en la democracia la publicidad es la norma mientras que el secreto es la excepción; en tanto que en la autocracia sucede al revés, vale decir, en ella el secreto es la norma al tiempo que la publicidad es la excepción.
Ahora bien, teniendo como telón de fondo estos criterios de diferenciación entre la democracia y los regímenes no democráticos, podremos juzgar de una manera distinta de la acostumbrada lo que está pasando en México. Es decir, ciertamente dentro del régimen presidencial hemos tenido informes anuales acerca del estado que guarda la nación.
Sin embargo, es una verdad de perogrullo decir que esos informes nunca estuvieron orientados a rendir verdaderamente cuentas de la actuación de los mandatarios y sus colaboradores. Más bien, esos actos faraónicos fueron empleados para exaltar la figura del jefe del Ejecutivo y ocultar la verdadera situación del país.
Las ceremonias del 1 de septiembre fueron síntoma de un mal mayor que aquejaba a la nación: la ausencia de contrapesos que hicieran posible ver lo que estaba sucediendo en el interior del Estado mexicano.
Una larga y tenaz lucha por cambiar el sistema autoritario dio por resultado la apertura a la pluralidad y un mejor equilibrio de poderes, cosa que corrió en paralelo a la introducción de formas de control y rendición de cuentas. No obstante, en honor a la verdad, aún persisten zonas dominadas por la oscuridad.
Debemos reconocer, asimismo, que dentro del proceso de democratización han surgido nuevas áreas dominadas por las sombras, la falsedad, el contubernio y los arreglos de cúpula. Este es, sin lugar a dudas, el mayor reto que enfrenta el proceso de transformación política en México.
Lo sorprendente es que muchos han caído en el garlito de que lo importante es discutir el “formato” de una vetusta ceremonia y no el fondo de lo que realmente está sucediendo en las entrañas del poder.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM
