La tremenda Corte

Macario Schettino

La semana pasada comentamos, aquí mismo, la parte buena en la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación con respecto a la llamada “ley de medios” . Celebramos la autonomía del Poder Judicial, y la existencia plena de contrapesos en el régimen político en construcción. Sin embargo, como en todo, hay también una parte menos agradable en este asunto que también merece ser comentada.
En cierta medida, la Corte toma una buena decisión, pero por malas razones. El tema importante en las modificaciones hechas por el Congreso hace más de un año era la posible pérdida de competencia en el mercado de medios de comunicación, que por las características del mercado va junto con la pluralidad de voces que pueden recibir los ciudadanos. No existe un mejor ejemplo del caminar conjunto de mercado y democracia que los medios. Un mercado concentrado es un obstáculo para el flujo de opiniones e información, y es una amenaza para la democracia. La competencia económica y la pluralidad democrática son exactamente lo mismo en este mercado.

Por eso había que evitar que las reformas concentraran aún más el mercado, e incluso que lo dejaran en las condiciones presentes. En este sentido, la opinión de la Corte acerca de la subasta como mecanismo de asignación de concesiones es correcta. No puede sujetarse la pluralidad y la competencia a maximizar el ingreso del gobierno. Sin embargo, en la discusión acerca de la duración de una concesión y del proceso de renovación, la base de la que partió la Corte es esa extraña idea llamada “rectoría del Estado”.

Es importante notar, entonces, que la Corte efectivamente está decidiendo con base en el espíritu constitucional como debería. Pero es aquí en donde está el problema importante. Como sabemos, la Constitución fue descubierta hace apenas 15 años. Antes de eso, sólo los expertos habían leído el documento, pero desde 1997, cuando el monopolio priísta en los poderes federales inicia su caída, la Constitución se convierte en el “libro de reglas” sobre el que los políticos combaten. Pero las reglas no son claras, porque nunca se habían usado, y nadie se había percatado de la confusión que priva al interior de la Carta Magna. Frente a esas reglas poco claras, la Corte se convirtió en el árbitro de la política, recibiendo más de 100 controversias constitucionales al año desde antes de que iniciara este siglo.

Es absurdo que la Corte tenga que resolver tantos enfrentamientos, como es absurdo que decidan hoy cambiar un artículo con la mira puesta en la competencia y pluralidad, y el otro recordando la rectoría del Estado. Como Jano, la famosa diosa de dos caras, una viendo el futuro y otra el pasado, la Corte fortalece la democracia, y al mismo tiempo recupera el pasado autoritario, en donde la rectoría del Estado no era otra cosa que la voluntad presidencial. Hoy, ese concepto no tiene significado, salvo en el imaginario. Para unos, es el nacionalismo revolucionario recuperado; para otros, el autoritarismo socializante que nos llevó adonde estamos hoy.

El punto relevante es que la Constitución ya no nos sirve. Sabemos, aunque algunos no lo quieran aceptar, que no hay cambio de régimen sino hasta que la ley suprema así lo reconoce, modificándose en su misma esencia para sostener el nuevo acuerdo. Pero es claro que en México este nuevo acuerdo no ha ocurrido aún, y es por ello que una Constitución nueva, bajo el método que se quiera, no es posible. Pero eso no evita que, mientras se modifica, la Constitución actual sigue representando un pasado autoritario con una orientación económica deficiente en su tiempo, y hoy de plano errónea. Pero la Corte no puede salirse demasiado de ese adefesio, no es su papel.

Un resultado adicional del papel arbitral de la Corte es su papel protagónico en la política nacional. En la discusión sobre Oaxaca, iniciada la semana pasada y que terminará en ésta, se empiezan a escuchar argumentos retóricos de corte puramente ideológico, exabruptos del ronco pecho de los ministros. No vaya a ocurrir que la Corte sea derrotada, al final, por los mismos medios, que al hacer protagonistas a los ministros, los hace recordar que también tienen su corazoncito. No vayamos a pasar de la Suprema a la Tremenda Corte.

macario@macarios.com.mx

Profesor en la EGAP del ITESM-CCM

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