Alberto Aziz Nassif
Yucatán expresa en esta ocasión un nuevo fenómeno que podemos denominar como la rutina de la alternancia. Los partidos se han convertido en maquinarias para conseguir votos, lo cual sucede en general con las democracias modernas, pero al mismo tiempo aquí en México también se han vuelto intercambiables.
Es decir, no hay grandes diferencias con los procesos de alternancia, porque los gobiernos que emanan de los partidos son bastante similares en general. Lo que cambia son los grupos que llegan al gobierno, pero el factor partidista ha dejado de ser relevante, como tal vez sí lo fue en las primeras experiencias de alternancia, sobre todo por las grandes expectativas de cambio que se generaban.
Hoy en día estas maquinarias intercambiables se acomodan y juegan roles estandarizados de partido de oposición o partido en el gobierno. Resulta impresionante de qué forma se mimetizan los roles; así entendemos que el PRI y su candidata triunfante, Ivonne Ortega, hayan hecho una campaña desde la oposición, y el candidato del partido gobernante, Xavier Abreu, se haya comportado al estilo de los viejos candidatos del PRI. Yucatán fue la primera elección local del sexenio y abre varias pistas para calibrar su significado político.
Pierde el PAN y gana el PRI. Los factores que explican lo que sucedió en ese estado forman un rompecabezas que es necesario ordenar y, sobre todo, jerarquizar, para darle a cada pieza su peso y su valor.
Los comicios locales tienen lógica propia y su dinámica se genera a partir de sus condiciones internas; sin embargo, al mismo tiempo, la política nacional tiene algún tipo de impacto. Así se puede entender que el 2 de julio del 2006 el PAN haya ganado prácticamente todos los puestos de la elección federal, salvo una diputación federal, y un poco más de 10 meses después pierda de forma contundente.
El PRI gana por siete puntos porcentuales (49.7% contra 42.7% del PAN), recupera la mayoría en el Congreso local y pasa de 10 a 14 curules. Incluso en Mérida, a pasar de que el PAN conserva el municipio, Ortega obtiene más votos que Abreu. En términos formales las elecciones locales comparten el mismo modelo electoral que tiene el país a nivel federal: mediatización de las campañas, alto grado de personalización de las candidaturas, guerra sucia en la propaganda, tráfico y manipulación de programas sociales y ciudadanos convertidos en actores de un gran mercado electoral.
Definitivamente en una elección personalizada como es la de gobernador, la figura del candidato es estratégica. Sólo así es posible mirar que las tendencias se hayan invertido de forma importante: un panismo que inició con mucha ventaja se fue rezagando frente a la candidata del PRI que se movió como oposición, es decir, vino de atrás, arriesgó, fue más audaz y menos conservadora y logró repuntar. A Ivonne Ortega le funcionó el hecho de ser una mujer muy joven. El estilo de campaña también influyó. La guerra sucia que puso en operación el panismo parece que ahora le resultó contraproducente.
Visto después de los resultados, el PAN se equivocó en la elección del candidato por partida doble, porque la derrota recae principalmente sobre Abreu y, al mismo tiempo, por la fractura que representó Ana Rosa Payán, que afectó de forma importante, porque a pesar de que sus votos no llegaron a 4% -lo cual es menor al margen de victoria del PRI sobre el PAN- se puede considerar que la fractura, además de haber dividido el voto panista, pudo haber dispersado o simplemente alejó de las urnas a una parte del electorado.
Lo cierto es que en una elección competida y cerrada cualquier división es altamente negativa y puede hacer la diferencia en el resultado.
El gobierno de Patricio Patrón no estaba mal evaluado; por ejemplo, Consulta Mitofsky hizo una encuesta de salida el 20 de mayo y resultó que siete de cada 10 yucatecos aprobaron el trabajo del gobernador; sin embargo, una tercera parte de este sector votó por el PRI, con lo cual el voto retrospectivo, como un mecanismo de evaluación del gobierno en turno, se relativizó de forma importante.
Los hilos de la política nacional también se dejaron sentir de forma importante en Yucatán. Por ejemplo, para el PRI fue la primera victoria, otra vez mostró que tiene capacidad de recuperación, que puede jugar a la oposición y ser eficaz, incluso en comicios con alto nivel de participación como en este caso en donde siete de cada 10 ciudadanos fueron a las urnas. En cambio, para el panismo la derrota fue otra más de los estados que no ha podido conservar después de un sexenio, como fueron Chihuahua y Nuevo León. Llama la atención la tersura con la que el panismo aceptó la derrota y declinó impugnar la elección; se ve que aquí hay compromisos a nivel nacional entre el gobierno de Calderón y el PRI. Con este tratamiento tan “civilizado” queda a buen resguardo la alianza entre PAN y PRI que tiene como objetivos las reformas legislativas que vienen en el Congreso de la Unión.
El otro elemento que queda mal ubicado es el errático dirigente nacional del PAN, Manuel Espino, porque esta derrota se le apuntará en su cuenta en la ruta de la renovación del consejo panista. Espino abrió una vez más un litigio en contra de Felipe Calderón y su equipo cercano, al que acusó de haber intervenido al margen del partido. Yucatán jugará como un argumento de disputa en la próxima renovación del consejo panista, en donde se verá a estos dos grupos disputarse el control del partido.
La rutina de la alternancia significa el agotamiento de las expectativas de cambio. En esta rutina la memoria es corta y los cambios de partido en el gobierno son simples piezas intercambiables, un reacomodo de grupos. Las condiciones que pueden hacer que una administración estatal sea un buen o mal gobierno dependen del gobernante, de su estilo y de los compromisos que hizo en la campaña; el partido pasa a segundo término. Ivonne Ortega tendrá un breve tiempo de gracia para mostrar de qué tamaño es la distancia entre las promesas de campaña y los actos de gobierno.
Las regiones continuarán cumpliendo sus rutinas electorales, faltan 13 procesos locales en 2007. Sin duda, México es el país de las elecciones permanentes.
Investigador del CIESAS
