Sara Sefchovich
Buscando respuesta a la pre-gunta sobre por qué el país no puede dar el salto, el lector Juan J. Bolívar González me escribe que habría que recurrir a la historia para explicárselo. Eso mismo hicieron después de la Independencia Lucas Alamán y Lorenzo de Zavala, quienes no entendían cómo era que aquel territorio tan rico y organizado que había sido la Nueva España se había convertido en pobre, débil y anárquico. Y es lo que hicieron en el siglo XX los filósofos para quienes la historia era “el resorte esencial para interpretar el carácter de un pueblo”, pues ella “ha modelado la fisonomía peculiar del hombre mexicano”.
En los años 40, los alumnos de los pensadores españoles José Ortega y Gasset y José Gaos afirmaron también la “conciencia del condicionamiento histórico” que negaba la explicación de la condición humana por nada que no fuera su pasado. Emilio Uranga escribió: “La historia es la que tiene que decir, si no la última, por lo menos la penúltima palabra respecto del ser del mexicano”. Y Octavio Paz dijo que el hombre “no está en la historia, es historia”.
Hoy día se sigue pensando que la historia sirve para “proveer de una cierta identidad, para encontrar los trazos distintivos y característicos del personaje individual o colectivo”, dice Carlos Aguirre, y Arnaldo Córdova de plano rechaza toda identidad que no proviene de un origen histórico.
Pero, ¿a qué se refieren con historia? ¿A un conjunto de hechos? ¿Cuáles? ¿A los que Luis González llamó “los hechos relampagueantes”? ¿O a lo que llamó “las opacas estructuras” que son los procesos largos? Y luego, ¿los protagonizados por quién? ¿Por los grupos dominantes en sus luchas por el poder? ¿O por otros grupos sociales que siguen viviendo la vida, trabajando, produciendo y reproduciéndose, lo cual habla de la existencia de muchas historias?
Hay quien, como José Gaos, asegura que lo importante son las ideas que guían a la historia, o como Edmundo O’Gorman, para quien de lo que se trata es del “secreto” que la subyace, puesto que el hecho histórico en sí carece de sentido y se le concede alguno en el momento y lugar en que se le interpreta.
De modo, pues, que también el pasado es un campo de disputa en el que no hay acuerdo: ¿Es más significativa para nosotros la época prehispánica de la que se sabe poco y a la que tanto se ha mitificado? ¿O la era colonial en la que se forjó mucho de lo que somos? Y en este último caso, ¿cuál Colonia? ¿La de los españoles que nos trajeron religión e idioma y nos incorporaron a la civilización? ¿O la de esa España rapaz que no buscaba más que oro?
¿El siglo XIX fue de anarquía como consideran algunos? ¿O no lo fue porque mientras las élites peleaban entre sí, la gente seguía con su vida? ¿Y qué fue el llamado porfiriato? ¿Una larga e inmóvil dictadura o nuestra entrada a la modernización? ¿Y la revolución? ¿Una lucha por un cambio como creen algunos, una lucha para no cambiar como aseguran otros o una lucha sin objetivos claros como afirman los más? ¿Y quién la hizo? ¿Los campesinos que querían tierra o las élites que querían participar de la vida política? Y cuando hablemos de hoy, ¿cuál será la verdad en un país en el que —como me escribe el lector Guillermo Murillo— “sucede el hecho poco común de que dos personajes casi con el mismo número de partidarios ocupan un mismo cargo, aunque con distinto nombre, situación que ya se había dado en épocas pasadas”?
Así, pues, que podemos cuestionar la manera de interpretar cada momento de nuestro pasado y la respuesta nos llevaría a entender de manera distinta el presente. Pero hoy, a un año de aquel 2 de julio, lo significativo es, como afirma Héctor Aguilar Camín, que lo que conduce a este tipo de búsqueda es siempre una situación de crisis: “Toda una línea de preguntas por la historia mexicana ha tenido su origen inmediato en una sorda crisis de conciencia, en el desahucio doloroso de las confianzas y certidumbres heredadas. Más precisamente: en la sensación de hallarse frente al término previsible de una civilización, un país, una nación.”
Aunque en honor a la verdad, ¿cuándo no hemos estado en ella? “Solo por breves periodos hemos vivido en el optimismo y la tónica de nuestro acontecer es siempre la situación de crisis. Casi no ha habido década en la historia mexicana que no haya estado signada por algún momento de penetrante incertidumbre sobre el destino, el sentido y la integridad de la nación.”
Escritora e investigadora en la UNAM
sarasef@prodigy.net.mx
