Macario Schettino
Gracias a Fernando Guillén, amable lector, tengo ahora la imagen adecuada de nuestro dilema petrolero. En sus palabras, “me da la impresión de que los mexicanos nos parecemos a una familia cuyos miembros en vez de ponerse a trabajar y ser productivos, estamos más preocupados en pelearnos por la herencia familiar, misma que cada vez parece deteriorarse más”.
Así es. Nos heredó el general un tesoro familiar que, en realidad, no valía mucho. Desde la expropiación, apenas si nos alcanzaba para el gasto diario. El tesoro empezó a valer más en los años 70, cuando por fin el petróleo dejó atrás su histórico precio de 3 dólares por barril. Sin embargo, todo cambia cuando se descubre Cantarell. De pronto, en verdad éramos ricos. Muy ricos.
Y como todos aquellos que heredan una fortuna sin habérsela ganado, nos dedicamos a vivir de ella, a despilfarrarla. Nos acostumbramos a no pagar nuestros gastos, desde fines de los 70, usando al petróleo como complemento de los impuestos. Renta petrolera, le dicen, y sí, vivimos de nuestras rentas durante 30 años, dos generaciones según las medía don Luis González y González.
De la herencia vivió la generación nacida a mediados de los 30, que llegó al poder en medio de la crisis de 1982, y la siguiente, los nacidos antes de 1955, que lo ejercieron hasta el 2006. Todos ellos, gobernantes y gobernados, pudieron vivir sin trabajar. No es que vivieran muy bien, pero trabajaban para pagar apenas la mitad de sus gastos.
Pero todo se acaba, y la herencia se agotó. No es que la vida termine con ello, pero sí cambia, y mucho. Ahora, para vivir igual de mal que las dos generaciones pasadas habrá que trabajar más, ya no se diga para vivir mejor. El IETU, impuesto nuevo, apenas permite cubrir una octava parte de lo que la herencia nos daba. El año próximo, la herencia habrá reducido su rendimiento en una cuarta parte, y será de sólo la mitad dentro de tres años. Es decir que para seguir viviendo igual de mal que hoy tendremos que duplicar el esfuerzo que significa el IETU para el año próximo, y multiplicarlo por cuatro para fines del sexenio. Eso significa el fin de la herencia.
Y como pasa en todas las familias disfuncionales, como la nuestra, en lugar de buscar soluciones, todos se pelean. Se culpan mutuamente del deterioro, de la pérdida, del despilfarro. Y cada quien tiene agravios adicionales, que al sumarse a la disputa del dinero se hacen más agrios, insoportables. Tienen razón todos, porque en el derroche todos participamos: los que subsidiaron al campo improductivo, los que cobran pensiones que nunca financiaron, los que rescataron a una banca irresponsable, los que aprovechan posiciones dominantes en sus mercados, los que fingen enseñar y estudiar en el miserable sistema educativo que tenemos. Todos hemos actuado como lo que fuimos: herederos irresponsables.
Y, como en todas las familias que se destruyen en el pleito por la herencia, la culpa original se encuentra en la manera en que fueron criados. Si la irresponsabilidad se premia, eso es lo que se obtiene. Por eso mi insistencia en criticar a nuestros antecesores, en revisarlos a la luz de lo que realmente hicieron, y no de los cuentos de hadas que nos contaron. Lo diré una vez más, y las que sean necesarias, México ha sido un fracaso, y lo ha sido como resultado de un experimento que fracasó. El régimen de la Revolución se construyó sobre la base de una población siempre infantil, siempre necesitada de guía.
Eso fue lo que nos dejó el régimen: una población hambrienta de líderes, incapaz de decidir, irresponsable. Y en manos de esos irresponsables, Cantarell ha desaparecido. Nos quedamos sin herencia, sin patriarcas, sin dinero. Ahora hay que trabajar para vivir. Mientras más rápido lo entendamos, será mejor.
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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
