María Teresa Priego
“Yo quisiera poder hacer lo que me dé la gana detrás de la cortina de ´la locura´, así: arreglaría las flores todo el día, pintaría el dolor, el amor y la ternura”. Frida Kahlo. Diarios. Me encantaría. La locura como en su cuadro: una máscara que se coloca y se retira a voluntad. “Una loca” que se elige puede atravesar los márgenes cuando trabaja. Sin censura. Mostrar sus tripitas. Atrapar lo indecible: el cuerpo traidor que expulsó su maternidad. Sumergirse en sus obsesiones. Perseguirse en rituales autoindagatorios. Cubrirse de fetiches. Desarreglar las plantas. Reivindicar la honestidad del intimismo en su poesía descarnada. Buscarse en el centro de los círculos concéntricos.
Cuando Rimbaud escribió “Yo es otro” le dio una puñalada trapera al sueño de la razón “que rige la vida”. Frida lo hizo: descolocar las pretensiones desquiciadas de la racionalidad. ¿La razón ordena al mundo? A sus horas. ¿Acaso podría habitar el centro del mandala? Donde lo que importa es estar lo suficientemente cuerda, para poder vivir “como loca”. Frida asumió: “Si yo soy otra/s, pues no me queda más que ir por ella/s”. Y de allí esa obra como “Una bomba amarrada con listones” (Breton) tripológica y verdadera.
Sucede que seamos varias. Nos acobardamos. ¿Cómo dejarse ir? El miedo a la locura es el miedo al viaje sin regreso. Quedarse extraviada para siempre en una emoción insoportable. Una pasión inmensa. Extraviarse en el punto G y ya no aterrizar nunca más. Suena excesivo. Es muy serio. Frida se atrevió. Por eso es hipnótica.
Cuando vienes de una educación donde una mujer arrancándose los ojos, porque “hacían temblar a los hombres”, es considerada tan loable, que se convirtió en santa. Puede transformar la vida. Tropezarse con un autorretrato de Kahlo. Tan proclive a temblar y a hacer temblar. “Más vale el rebozo que la nívea túnica”. Díjose una adolescente provinciana. Y una se pasa la vida dando bandazos. Entre el modelo de feminidad empanterada que encarna Frida y el ideal de la estampita.
“Busco la imagen absoluta”. Decía Duras. Se lanzaba como kamikaze a la cita con sus vísceras. “La rebelión consiste/ en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos”, escribió Pizarnik. La mirada de microscopio. Frida diría: “Usted disculpe, pero como estoy loca, analizo obsesa ´unos cuantos piquetitos´, y me atrevo a afirmar que ninguno de ellos es idéntico al anterior”. El intimismo es así. La pasión por la sutil diferencia. Una gota de agua no es igual a otra. Es necesario mirarlas. Muy de cerca.
Me gustó mucho el artículo que Rafael Pérez Gay escribió para Frida, en EL UNIVERSAL. Difiero: lo cansa esa sobredosis de una imagen que oculta la obra. ¿Cómo? Una abandona las liturgias de los orígenes. Pero de un santoral pasa al otro. ¿Quién soporta una vida desfetichizada? Los aretes de corcholatas con Frida. Los collares que imitan sus collares. ¿Rafa no caería en éxtasis con una corbata de Flaubert? ¿Un reloj que marque los ritmos de un día en la vida de Leopoldo Bloom? Frida no está en su escritorio. ¿Quién sí? El museíto privado. Es aspiracional.
El corsé de Frida cuesta mil 500 euros. Sin un solo encajito. Confío en el circuito de tiangueros para reparar el daño: crearlo en su versión democrática. Hace décadas que Frida es de ellos. No sólo de realidades vive la mujer. La mañana cae. El deber se aleja. “Santa Frida/ quítame lo reprimida”. Una se imagina en los mares del sur. Con su corpiño de loca. Frida es un fetiche rodeado de fetiches. Viene de fetissos. Significa “cosa encantada”. Me concentro: “Frida de alas rotas. Revélame tu esencia. De paloma empanterada”.
Escritora
