Víctor Flores Olea
Nada produce más el vértigo del tiempo que una sociedad en movimiento. Sobre todo si hablamos de las más de cuatro décadas que pasaron entre mi primera visita a China y esta última casi por azar. La memoria y las asociaciones se desatan frondosas (y casi diría: furiosas), pero obviamente surgen entre algunas preguntas esenciales: ¿Qué pasó entre el radicalismo extremo de los jóvenes guardias rojas de Lin Piao y la actual China que sólo parece empeñada en alcanzar, y tal vez un día no lejano superar, a su gran contrincante que sólo era, según Mao, un “tigre de papel”? Pero no solamente lo anterior, que se detiene en la orilla, sino la ineludible pregunta sobre el significado de las luchas por el socialismo que apenas condujeron a lo actual: ¿No hay vuelta? ¿Tal es la condición humana ineludible?
Porque a veces, en estos días de observación azorada, me he preguntado si en el fondo no ganaron la partida Nixon y Kissinger, cuando aquella visita de los campeones de ping pong que marcaron un principio de deshielo (1971). Pero sobre todo me pregunto en qué lugar de la historia quedaron aquellos ideales por los que tantos hombres y mujeres ofrendaron sus vidas, no sólo durante la Larga Marcha y después, sino antes, mucho antes, cuando los comunistas fueron liquidados despiadadamente en las calles de Shangai (1937) por los militares del Kuomingtan aliados de los japoneses. Y no sólo en China sino en tantos lugares del mundo en que se luchó por un “hombre nuevo”, que no se ha producido colectivamente sino apenas, aquí y allá, como relámpagos individuales (que tal vez confirman que las batallas por la libertad radical, después de todo, no han fracasado).
Avasalla la idea de que en los grandes países del “socialismo real” (ahora China) la lucha por el socialismo apenas abrió otra brecha, diría, para la acumulación del capital, de manera sui géneris para al final de cuentas esencialmente eso. No exagero. Primero la URSS, con un derrumbe nunca explicado del todo, y su modo mafioso en que, a finales del siglo XX, tuvo lugar la acumulación de su capital, vía la apropiación privada de facto, por la Nomenklatura, del aparato productivo y de servicios de lo que de todos modos era un gran país. Por supuesto que los “barones” que fundaron el capitalismo estadounidense, en la primera mitad del siglo XIX, también actuaron gangsterilmente. Y ahora en China, en la que no aparecen a primera vista las operaciones mafiosas, aunque sí por excepción aquí y allá acompañadas de fusilamientos: uno de los temas favoritos de conversación, sobre todo entre los jóvenes, es la delirante corrupción oficial. Pero además, también invariablemente entre los más jóvenes, el de una enorme codicia de tener, poseer, acumular, consumir, es decir, de ampliar ilimitadamente las posibilidades materiales de cada uno (sin demasiado cuidado por la legalidad).
Tal es el comportamiento diario de unos y otros, de muchas edades y generaciones. Claro que en lo abstracto algunos subrayan que, a pesar de todo, el Estado regula y orienta, establece prioridades en la inversión y señala metas para el conjunto. Pero es lo de menos. Para la inmensa mayoría el “socialismo posible”, el “socialismo real”, el único socialismo “no utópico”, es aquel en que el Estado, sí, marca preferencias y ventajas que la sociedad acata con mayor o menor voluntad, pero en el cual el factor fundamental (de la vida social, económica y política, pero también de la vida personal), es el mercado, en definitiva la decisión de acumular y ganar, concentrar y crecer (individualmente, sobre todo, en sentido material).
Por supuesto, esta situación en que la avidez se convierte en el factótum del comportamiento social, y del destino de las sociedades, deja muy poco lugar, si queda alguno, al famoso “hombre nuevo” en que pensaron un día Marx, o Lenin, o Gramsci, o El Che Guevara, y otros próceres análogamente grandes de las luchas socialistas. Un hombre nuevo y pleno de generosidades solidarias, de entrega a la superación de los demás, de negación del egoísmo y con una exuberante vocación revolucionaria, internacionalista, ética al final de cuentas.
Pero que ha sido: ¿el socialismo histórico primordialmente como otra vía para la acumulación capitalista, sin cambio moral ni enriquecimiento del ser humano? Por lo demás, la experiencia china de los últimos 25 años, concentrada y acelerada sin precedentes en los últimos tres lustros, es verdad que coloca cifras de dos dígitos en su crecimiento material, sin parangón histórico. Al mismo tiempo, aunque se diga menos, galopa la corrupción de quienes han comprado a precio de remate las medianas (que a veces son gigantescas) y pequeñas empresas, y muchas otras formas en que se expresa la lenidad oficial. Originándose también con una intensidad sin precedentes el deterioro ambiental, que es ya un problema letal para alrededor de medio millón de personas al año, y que ocasiona enfermedades y deformaciones a decenas y centenas de miles cada año, convirtiéndose en una de las plagas y desafíos más graves para la República Popular. (A continuar).
Escritor y analista político
