Fabio Giambiagi
Hay dos preguntas que en buena par-te de América Latina los analistas se vienen haciendo en los últimos años. La primera es: ¿cuándo va a acabar la fiesta de la abundancia de liquidez internacional? La segunda, a su vez, es: ¿qué va a pasar el día que las cosas cambien? Y bien se podría incluir una tercera: ¿el país se está preparando para cuando llegue ese día? En el caso de Brasil, la respuesta es ambigua.
Por un lado, en materia de reformas, Brasil se quedó relativamente parado luego del inicio del gobierno de Lula. Cambios estructurales en temas como sistema tributario, reglas laborales o sistema jubilatorio simplemente brillaron por su ausencia. La métrica del mercado para evaluar a los gobiernos depende de las condiciones de contexto.
En situaciones críticas de la economía mundial, en el pasado, se le exigían a Brasil compromisos que muchas veces eran casi imposibles de cumplir en función de la realidad política. Hoy, sin avanzar en prácticamente nada en materia de reformas, hay un relajamiento generalizado que empieza justamente en los mercados, totalmente satisfechos con Brasil a pesar de que temas como las distorsiones del sistema tri-butario, la rigidez laboral o la precocidad de las jubilaciones siguen tan vigentes como antes.
Es también un hecho que hay razones objetivas para que el mercado considere con mucha tranquilidad los préstamos a Brasil, que está sabiendo aprovechar una época favorable para hacer lo que hay que hacer cuando los tiempos lo permiten, que es desendeudarse. El país alcanzó en 2006 el menor coeficiente de deuda externa neta-exportaciones de los últimos 50 años.
La deuda externa bruta total cayó 50 mil millones de dólares en los últimos ocho años, al mismo tiempo que las reservas crecieron a ritmo intenso, en particular en los últimos dos años. Con eso, la deuda externa neta se redujo en más de 120 mil millones de dólares desde la crisis de 1999. Si se mantiene el ritmo de 2006 y 2007, el país habrá eliminado la deuda externa neta en 2010. Eso da garantías de que, el día en que el panorama mundial cambie, Brasil estará más “blindado”.
Es evidente que un país afectado por una recesión mundial o una caída en el precio de los productos que vende al exterior será mucho más vulnerable ante episodios de ese tipo, teniendo una deuda externa neta de 40% o 50% del producto, que otro cuya deuda externa neta sea nula.
Cuando el crédito externo quedó “seco” para Brasil años atrás, la única solución fue apelar al Fondo Monetario Internacional, para evitar una situación de quiebra. Ya si algo semejante vuelve a pasar en el futuro, el Banco Central tendrá divisas con las cuales abastecer la demanda de las deudas que venzan, sin que para ajustarse a las nuevas condiciones el dólar tenga que irse a las nubes.
La contracara de esa realidad es un dilema fiscal incómodo. Para compensar el efecto del aumento de la circulación monetaria asociada a la compra de dólares, el gobierno emite papeles por los cuales paga una tasa de interés mucho mayor que lo que el Banco Central recibe por aplicar sus reservas en el extranjero. Eso hace que aunque el resultado en materia de deuda pública neta sea neutro, reducir la deuda externa neta del sector público —que en la práctica ya es negativa, lo que significa que la deuda oficial es menor que las reservas internacionales— y aumentar la deuda interna no es un buen negocio en materia de costo promedio de la deuda pública.
Esa es una de las razones por las cuales es importante que las tasas de interés cedan en Brasil, lo cual casi seguramente ocurrirá, con cierto grado de intensidad, en los próximos meses. Al mismo tiempo, el gobierno debería buscar, a lo largo de los próximos años, llegar a una situación de equilibrio fiscal —el año pasado hubo aún un déficit de 3% del PIB— y, más adelante, conseguir lo que hizo Chile durante años: exhibir superávit fiscales. Esa es una tarea aún pendiente, en un contexto en el que, en líneas generales, las cosas están mejorando bastante en Brasil.
En resumen, teniendo en cuenta las preguntas hechas al comienzo, se puede decir que nadie sabe cuando la fiesta de las finanzas internacionales va a acabar, pero Brasil se está preparando parcialmente para que el día en que eso ocurra tenga una economía menos vulnerable que en el pasado.
Asesor del ministro de Planificación de Brasil y economista del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de BrasilProject Syndicate©
