Sara Sefchovich
En un texto escrito a mitad del sexenio de Fox, el investigador Luis Rubio se propuso entender lo que llama “las nuevas complejidades de la política democrática en México” .
Dichas complejidades parten, en su opinión, del cambio en la dinámica política del país que se dio con el triunfo de la oposición política después de décadas de dominio priísta, si bien reconoce que las transformaciones se habían iniciado desde varios años antes (pone como fecha la emblemática del 68 que tanto le gusta a los intelectuales), y que se habían profundizado con las reformas económicas de los años 80 y 90 que alteraron muchos de los equilibrios que habían sostenido al sistema.
Pero con la salida del PRI de Los Pinos se rompieron las formas tradicionales de ejercicio del poder, que estaban sustentadas sobre un modo específico de funcionamiento del sistema: el de un presidente todopoderoso que negociaba y conseguía lo que se proponía gracias a la corrupción, la disciplina y a lealtad, que eran los componentes clave de las reglas no escritas del juego político.
Pero con el cambio sucedido en 2000, el poder del Ejecutivo disminuyó, siendo que el del Legislativo ya había aumentado con las reformas políticas y los triunfos de otros partidos. El resultado de esto fue que “el presidente dejó de ejercer control efectivo sobre el Congreso, lo que se tradujo en que varias de sus iniciativas fueran rechazadas, algo inusitado en la historia política del país”.
Una y otra vez se repitió esta situación, que terminó por traducirse en franca parálisis. A ella contribuyó también la inexperiencia y la incapacidad gubernamental, “una oposición dura y la presencia de actores no institucionales”, dice Rubio, que siguieron insistiendo en “promover sus intereses por encima y por fuera de cualquier institucionalidad y en ocasiones hasta de la legalidad”.
La pregunta entonces es: ¿por qué el cambio tan ansiado y que se logró de manera pacífica (como quería Habermas), en lugar de llevar a la democracia nos condujo al estancamiento?
La respuesta de Rubio, como la de otros estudiosos, es que ello se debe a que no se dieron cambios ni en las instituciones ni en las leyes ni en los modos de funcionamiento del sistema y del ejercicio del poder, para que se adecuaran a estas nuevas realidades y a sus nuevas necesidades.
Escribe Roger Bartra: “El sistema mexicano tenía una sólida base en muy complejos sistemas de mediación política”, pero con los cambios “los aparatos de mediación (a los que define como ´ámbito político legitimador que funciona independientemente de la formalidad democrática´) ya no funcionaron bien”.
Algo parecido piensa Sergio Zermeño cuando explica la contradicción que se produjo al modificar el sistema político pero dejar intacto al sistema corporativo tradicional.
Ahora bien: a decir verdad, esto no es una novedad, sino que es el mismo modelo que se ha seguido siempre en México. En el siglo XIX los liberales dictaron leyes para desamortizar la tierra en manos de corporaciones, sin pensar que eso no sólo afectaría a la Iglesia sino también a las comunidades indias. Y en el siglo XX se entró a la globalización sin preparar las reformas, regulaciones, apoyos a los productores, infraestructura y tecnología necesarios.
Y es que, por extraño que parezca, siempre se ha creído que basta con decretar una ley para que las cosas cambien hacia mejor. Por eso se pensó (y se actuó en consecuencia) que bastaba con firmar el TLC para crecer económicamente, o con ganarle el poder al PRI para volverse democrático.
Además, según este pensamiento mágico (imposible llamarlo de otro modo) es posible alterar una parte de la ecuación (la que no nos gusta) sin que otras se transformen, ¡como si fuera posible!
El origen de nuestra forma de funcionar está en que, al contrario de lo que pasa en países democráticos, no tuvimos primero los cambios mentales y sociales (eso que algunos llaman “una cultura política”) que, de acuerdo con Sartori, deberían ser previos a construcciones legales e institucionales.
Entre nosotros no es así y todo se nos impone desde arriba y de sopetón. Por eso Bartra dice que además de la parálisis, los cambios en 2000 trajeron también la pérdida de legitimidad.
La conclusión es la del señor Perogrullo: “Es necesario cambiar algo más que lo electoral para que la democracia pueda cumplir sus promesas”. Y sin embargo, esto que suena tan lógico, no parecen quererlo entender muchos, y por eso seguimos en esta democracia incompleta; endeble, como afirma Bartra, e ineficaz, como dice Rubio.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
