La defensa del cardenal

Julián López Amozurrutia

Gran atención prestaron algunos medios al “interrogatorio” al que fue sometido hace unos días el cardenal Rivera, y después el actual obispo de Tehuacán, monseñor Rodrigo Aguilar. Como se sabe, no se trata de un juicio, sino de una comparecencia voluntaria que busca demostrar la falta de jurisdicción de la Corte de Estados Unidos.
De cualquier manera, los que conocemos la inocencia del cardenal no podemos menos que asombrarnos ante una enorme paradoja: tanto Rivera como Aguilar han sido obispos que con toda claridad y de manera tajante han marcado una línea “dura” en lo que se refiere a casos de abuso de menores.

Situación que hace ver que, al menos en un nivel, no se busca tanto la justicia, sino ganar notoriedad con base en el ataque sistemático de figuras públicas relevantes. No se entiende de otra manera la saña, en algunos casos amarillista, con que algunos medios han tocado el tema.

Si el sacerdote Nicolás Aguilar cometió un crimen, debe indudablemente responder por él. Pero a estas alturas eso no parece ser del interés de los “procuradores de justicia”: se ha encontrado una figura notable, de modo que el presunto responsable deja de ser el centro de la atención. Enorme paradoja, repito: el mismo padre Aguilar se lamentó cuando, intentando refugiarse en la Arquidiócesis de México en el ínterin en que quedó sin pastor antes del nombramiento de Rivera, y al enterarse que precisamente él había sido llamado al arzobispado de México: “¿Me va a perseguir este señor a donde quiera que yo vaya?”.

No asombra menos que quienes en otros casos defienden un nacionalismo a ultranza, ahora se regodeen de que en esta situación sea un tribunal extranjero quien pretenda llamar a cuentas sobre algo sucedido en nuestro país.

Es indiscutible que la pedofilia es un acto absolutamente perverso. Si quien lo comete es alguien que moralmente debería ser ejemplo de probidad, la realidad es aún peor. Pero también es algo inaceptable lucrar con la desgracia de quienes han sido víctimas de casos tan deplorables.

Lo cierto es que ahora se vive una especie de linchamiento social. Las culpas de los responsables han terminado por recaer en muchos casos sobre personas inocentes. Más de un sacerdote intachable ha sufrido vejaciones por la inflación impresionante que se ha dado al tema.

Con todo, el momento que vivimos como Iglesia católica puede ser una oportunidad de purificación, que ayude a recordar la razón de ser de la Iglesia de Cristo, al servicio del hombre y de su salvación. Lo que no se puede pedir es reconocer algo falso. Como señaló el cardenal en su homilía de la misa crismal de este año: “Cristo fue injustamente calumniado, procesado y crucificado, por ello no nos deben sorprender los ataques y calumnias llenas de odio que en estos días se han dirigido no sólo contra su pastor, sino que los enemigos de la Iglesia han generalizado a todos los demás obispos y sacerdotes, acusándonos de cometer o ser complacientes con el crimen abominable de la pederastia.

“Lamento profundamente que esta campa-ña mediática de odio injustamente golpee a tantos buenos y abnegados sacerdotes. Para ellos siempre habrá no sólo comprensión y alabanza, sino defensa firme. Pero me duele en lo más profundo el daño irreparable que algún mal sacerdote ha infringido con su depravada conducta en las víctimas más inocentes que son los niños y el escándalo que han provocado a sus familias y a la Iglesia”.

En ese entonces el cardenal invitaba a que las víctimas no quedaran en silencio, sino acudieran a tribunales para castigar estos terribles delitos. Desde que conozco al cardenal, nunca he escuchado una directriz distinta de ésta.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

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