La cabeza y los pies

Rafael Pérez Gay

Los sueños colectivos liberan a los fantasmas de la intolerancia. El futbol es uno de esos sueños, y aunque se trata sólo de un deporte, sus consecuencias siempre van más allá del rectángulo de pasto en el que se disputa la locura del triunfo o la humillación de la derrota. Le atribuyen a Albert Camus esta frase: “El futbol es la excusa que tienen los pueblos para poder odiarse sin llegar a matarse” . Confieso que vistas las cosas desde el mirador del futbol, soy un integrista.
Aunque sé que los nacionalismos producen emblemas radicales, violencia y mala literatura, la victoria de Estados Unidos sobre México en la final de la Copa Oro me ha dolido de nuevo como si aprendiera por vez primera en el libro de texto la invasión de 1847. Como suele pasar, mis expectativas ardieron en la hoguera de las realidades. Nada qué hacer, Estados Unidos ha diseñado un equipo de futbol más eficiente que el mexicano. Lo que nos faltaba, ser los súbditos del equipo estadounidense y plegarnos a las órdenes de Landon Donovan, el mariscal impasible del imperio. La era de Hugo Sánchez ha iniciado su leyenda tocada por las llamas del fracaso.

La Copa Oro quedó atrás como las pesadillas cuando amanece: apenas nos estremece un vago recuerdo contaminado de horror. La selección mexicana viajó rumbo a Venezuela a cumplir sus compromisos en la Copa América. No quisiera alarmar a nadie, pero el primer juego es contra Brasil, el segundo contra Chile y el tercero contra Ecuador. Las ordalías o juicios de Dios, como se llamaba en la Edad Media a las pruebas de los acusados, serán un juego de niños ante los peligros que atravesarán los jugadores mexicanos. Veremos futbol, pero también política.

La oportunidad de Hugo Chávez para descoserse ante los reflectores de América Latina la pintan calva. No voy a hacer sociología de banqueta, pero Chávez podrá cubrir con el velo de una pasión popular los excesos autoritarios de su gobierno. Es natural que así sea, los griegos inventaron que el gusto de las multitudes conviniera a los proyectos de los estados. Aunque nunca lo creí, algunos encuestadores afirman que durante la Copa América de 1993, el gobierno de Carlos Salinas obtuvo su mayor acuerdo presidencial. A su favor jugó la selección mexicana comandada por Mejía Barón que ocupó el segundo lugar después de disputar la final contra Argentina. O bien, escuché del mismo modo que el Mundial de 1978, celebrado bajo el gobierno de un asesino, Rafael Videla, suavizó durante un tiempo, con la imagen de la copa en manos de Kempes, la cólera social por los desaparecidos de la guerra sucia.

Como sea, el futbol le hará un servicio a la política internacional y logrará que los gobiernos se odien sin declararse la guerra. Pienso en los posibles juegos de Venezuela en el caso de que su selección escale los cuartos de final o, incluso, y dado que trae las ventajas de los países sede, la semifinal. Esos partidos serán magníficas oportunidades para que Chávez se le arroje al cuello a Lula da Silva o a Calderón, a Kirchner o a Bachelet. Sin duda, Hugo Chávez exigirá a sus jugadores “patria o muerte, venceremos”.

No sería la primera vez que un líder popular les insinúa a sus seguidores la alternativa de la victoria o la muerte. En 1938, Mussolini despidió desde el Palazzo de Venezia a una selección italiana vestida con uniformes paramilitares. En Francia, Italia disputó la final del Mundial contra Hungría. En la víspera, los jugadores recibieron un telegrama de tres palabras enviado por Aquiles Starace, secretario general del Partido Fascista y firmado por Il Duce: “Vencer o morir”. Italia venció a Hungría cuatro goles a dos. Así salvaron la vida los deportistas italianos. En la ceremonia de celebración, los campeones vistieron uniforme militar.

Puestas así las cosas, no me gustaría que en esta ocasión la Copa América la ganara Venezuela (tampoco me gusta que Estados Unidos derrote a México). Aquí vienen a cuento aquellas frases que dicen que dijo Borges en una de las tantas entrevistas que concedió: “El futbol es un deporte que no entiendo. No se qué hacen 22 jugadores persiguiendo la misma pelota. Por qué no les dan una pelota a cada uno, así se divierten todos”. No estoy de acuerdo, ya dije que en materia de futbol soy integrista, me importan lo mismo la cabeza que los pies.

Escritor

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