La Aparecida: el Papa en Brasil y la Teología de la Liberación

Miguel Álvarez Gándara

Hoy llega Benedicto XVI a Brasil, en su primer visita como tal a una América Latina y Caribe caracterizados por el crecimiento de la exclusión, pobreza, desigualdad e injusticias. Su propósito principal es inaugurar el próximo domingo 13, en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, convocada previamente por su antecesor.
Como se sabe, según los tiempos eclesiales, que llevan su propia lógica y ritmo, la etapa histórica que la Iglesia católica vive sigue siendo la del Concilio Vaticano II, realizado en la década de los 60, si bien su aplicación está en crisis. El gran impulso de renovación de la Iglesia en nuestro tiempo nació en una época de optimismo y utopías que no duró, ante la crisis de la modernidad y luego las encrucijadas provocadas por una globalización excluyente y concentradora, las que a su vez que dieron lugar a la profunda crisis civilizatoria que alcanza hoy a todas las instituciones, también a la Iglesia.

Con todo, las diversas novedades del Concilio fueron asumidas por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Colombia, en 1969, después por la III realizada en Puebla, México, en 1979, y por la IV celebrada en Santo Domingo, República Dominicana, en 1992. En estas conferencias se maduró lo que se conoce como la Identidad y Magisterio Latinoamericanos, pues se llevaron y adoptaron las novedades del Concilio a las realidades de pobreza y dependencia de nuestros países y pueblos. La III Conferencia en Puebla asumió la trascendental “opción preferencial por los pobres”, recogiendo un claro clamor de esperanza que se expresaba en todos los ambientes eclesiales, destacando el de los teólogos, que desde los inicios de los 70 elaboraron en torno a la Teología de la Liberación.

Sin embargo, mientras que la Iglesia de América Latina se reunía en Medellín para acoger generosamente el Concilio, Europa se asustaba con la crisis de la modernidad y comenzaba a buscar seguridad en el retorno a refugios institucionales, en un movimiento contrario a la reconciliación de la Iglesia con el “mundo moderno”. En lugar de dejar “las puertas abiertas” para nuevos avances, se cerraron por un reflujo conservador que aumentó el control centralizado, temeroso de cambios más significativos. Creció así la descoordinación de la caminata de la Iglesia en América Latina con las preocupaciones de Roma, que vivía de cerca la tensión de la crisis cultural de Europa.

Estas diferencias se fueron ahondando, pero el Vaticano jaló las riendas jerárquicas, tratando de llevar la dinámica latinoamericana a los criterios europeos. Inclusive Juan Pablo II convocó a un Sínodo de las Américas, un formato eclesial de menor autonomía, que incluía a los episcopados de Estados Unidos y Canadá, que se temía pretendiera sustituir la continuidad de las Conferencias Generales. Por ello, y aunque existan dos visiones, cobra importancia de que se convoque a esta V Conferencia, en la ruta de Medellín y de Puebla, y no como II Sínodo.

La Conferencia de Aparecida se torna el momento oportuno para que la Iglesia se posicione delante de la nueva realidad de un continente en profunda transformación, cuya identidad va rápidamente prescindiendo de su vinculación con la Iglesia católica, que por esto se cuestiona y se pregunta qué hacer para continuar teniendo significación histórica para un pueblo que ya no se siente obligado a identificarse con ella. Desde la referencia fundamental con el Evangelio de Jesús y la Iglesia Primitiva, recuperados en su dimensión histórica, Aparecida está llamada a retomar las esperanzas del Concilio, de un modo más realista, consciente de las dificultades que necesitan ser enfrentadas con determinación.

Entre los rasgos que habrá de recuperar y afirmar destacan: la memoria histórica y la metodología característica de la Iglesia en América Latina, la inculturación del Evangelio y la religiosidad popular como expresión de la fe inculturada., la eclesiología de la Iglesia local, la colegialidad episcopal, la opción de la Iglesia por los pobres como sujetos en la Iglesia y en la sociedad, la denuncia de las estructuras injustas, la teología liberadora, la centralidad de la justicia y la liberación de las injusticias, la dignidad de toda persona humana, las comunidades eclesiales de base, la proximidad de los pastores junto al pueblo, la vida consagrada inserta en las comunidades, los ministerios laicos.

Entre los nuevos avances, existe particular expectativa por lograr, en vez de la involución, la colocación de la Iglesia más al servicio del Reino y no en defensa de su institución o en la afirmación de sus privilegios históricos; recibir mejor y abrir espacio para los pobres, las víctimas del sistema, favoreciendo la participación de los excluidos en la Iglesia; avanzar en el diálogo ecuménico e interreligioso, con respeto por la diversidad y la pluralidad; y una mayor atención a los derechos humanos integrales, incluida la ecología, con el aporte que la Iglesia puede dar en estos campos.

La V Conferencia General del CELAM tendrá lugar del 13 al 31 de mayo en el santuario mariano de Aparecida, a 170 kilómetros de Sao Paulo, Brasil, sobre el tema “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Mientras tanto, teólogos de la Liberación anuncian un evento paralelo a la V Conferencia, que se realizará en Pindamonhangaba, muy cerca de Aparecida, del 18 al 20 de mayo, coincidiendo con los días centrales de la V Conferencia, con la intención de tener un impacto en los obispos reunidos en Aparecida en su tarea de “reflexionar sobre los desafíos de la realidad latinoamericana y encontrar respuestas para los mismos en cuanto Iglesia”.

Miembro de las Comunidades Eclesiales de Base

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