María Teresa Priego
Ya es muy tarde. Es 5 de septiembre. Hoy en la madrugada. La escritora Julieta Campos viajó a su isla. Una que nada más ella conoce. De la que salieron sus palabras. Sus historias de mujeres que miran al mar. De gatos. De parejas que se aman. “Cuba”, dijo. “Stromboli”. “Rodas”. Escribió el sueño de una isla perfecta. La más íntima. La que condensaría todas las islas.
Hoy regresó a una playa sólo suya —con su imaginario, sus preguntas fascinantes, su sensualidad, con la cadencia de sus frases como olas de un mar poético y suave— y acá en el continente llueve muchísimo. En la ciudad, el trópico estalla en un homenaje de agua. ¿Podría ser de otra manera? “Mi mujer, mi compañera, mi amiga”, dijo Enrique González Pedrero. Muy despacito. Y yo los miro. En Tabasco. Como si el ventanal de ese espacio funerario se abriera al pasado. El principio de los años 80. Julieta está mirando a su marido que le habla casi al oído. Son muy bellos juntos. “Entre la multitud”, pensé. “Ellos han construido su isla”.
“En el principio fue el deseo. El deseo engendró al verbo, que engendró a la pareja, que engendró la isla. La isla fue el paraíso. Habitada por la pareja. La isla se remonta a la noche de los tiempos. La serpiente no entraba en los cálculos de Dios. Con ella penetró en el paraíso una seducción nocturna y la isla, espacio de utopía, devino espacio de poesía”, El miedo de perder a Eurídice. Julieta amaba a los gatos, y se enamoró —para siempre— de un hombre con cabellos y ojos de gato. Era cubana, se enamoró de un tabasqueño. En París. Venían ambos del agua. Y sumaron. Las jacarandas y Baudelaire. El mar y Fourier. El sol ardiente y un personaje que precedió a la Maga y que se llama Nadja. El Pont des Arts y los puentes que cruzan el Usumacinta y el Grijalva.
Las palabras de ella. Las bebimos. Una novela donde el personaje no se mueve —físicamente— ni un milímetro: “Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina”. El movimiento interior. En francés es nouveau roman. En castellano es la escritura de Julieta Campos. “El gobernador es su esposo”. “¿El intelectual? ¿Julieta rumbo a Tabasco?”. Muchos regresamos. Al menos por un tiempo. Existió un Tabasco distinto a los anteriores. Y a los que vinieron después. El de un anhelo de justicia social que emergía, como si se desprendiera de las lagunas y de las ceibas. Creíamos en él. Se tardó en llegar. “De pueblo en pueblo, en acaloradas jornadas de campaña, me topé de repente con el rostro de los otros: los desposeídos”. (entrevista con D. Torres). El Tabasco de las bibliotecas ambulantes, el de nuestro canal de tv cultural. El del teatro campesino. Tabasco. Por fin. Se abría.
“¿Fue su alumna?”. “Sí. Mis maestros. Ellos. Los dos”. De una materia indispensable que se llama “la vida”. La pasión por las palabras. Por la belleza. La literatura. París. Roma. Una idea de pareja creativa y solidaria. El personaje de García Lorca atraviesa a caballo. Es Oxolotán. Desparramo sus libros sobre mi cama. ¿Cómo se expresa la gratitud? L’absence. Nostalgie. Que son palabras más dulces que “ausencia” y “nostalgia”. Busco al poeta tabasqueño Becerra: “Hoy llueve, y la lluvia nos ha hecho entrar en casa a todos, menos a ti./ Algo se ha roto en alguna parte/ yo sé que por alguna causa que no conozco estás de viaje, / un océano más poderoso que la noche te lleva entre sus manos como una flor dispersa”.
Sus lectores hacemos navegar barquitos de papel hacia ella. Cargados de nostalgie. Tiene los cabellos rojizos. Se llama Julieta. Hoy amaneció en su isla de gatos y de libros. Mirando al mar.
Escritora
