Itinerario Político

Fox: trastornos de un presidente

Ricardo Alemán

En “Saldos del cambio”, Alfonso Durazo denuncia una personalidad compleja

¿Y quién garantiza que no se repetirá el caso del foxiato, si la ley lo estimula?

Para efectos de ética periodística, a nadie debía importar si es legal o no el matrimonio religioso de Vicente Fox.

Sin embargo, si miramos el peculiar presidencialismo mexicano bajo la lente de la naciente democracia electoral, podríamos concluir que tienen razón aquellos que llaman a establecer premisas legales para que todos los que busquen un cargo de elección popular —desde el más humilde alcalde hasta el Presidente de la República— deba someterse a exámenes no sólo de personalidad, sino de adicciones y de posesión de bienes.

¿Quién nos garantiza a los ciudadanos la salud mental de aquellos en los que depositamos el poder y la investidura de un sistema de democracia representativa como la mexicana? El caso de Vicente Fox es peculiar, porque la primera versión sobre su matrimonio religioso con Marta Sahagún dice que —según el Vaticano— estaba en duda debido a que Fox padecía severos problemas de personalidad.

Esa versión cambió hace unos días, cuando el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi, dijo que en realidad Fox nunca estuvo casado por la Iglesia católica, ya que su enlace con Lilian de la Concha en realidad nunca se consumó. “Si después de un análisis científico y responsable se comprueba que ese trastorno existía cuando se realizó el matrimonio, la Iglesia no puede anular lo que estuvo bien hecho ante Dios; pero sí puede declarar que no hubo verdadero matrimonio”, explicó monseñor.

El obispo recordó que una de las causales es padecer graves trastornos síquicos. “Si después de un análisis científico y responsable se comprueba que ese trastorno existía cuando se realizó el matrimonio, la Iglesia declara que no existió tal sacramento”.

Pero más allá de las versiones de la Iglesia católica, lo cierto es que existen muchos testimonios sobre los problemas de personalidad de Fox. Uno de ellos se puede encontrar en el libro Saldos del cambio, de Alfonso Durazo, en donde el ex secretario particular del presidente Fox formula severas revelaciones.

Dice (págs. 110 y 111): “Sin pretender esculcar en su sicología (la de Vicente Fox), registro también algunas claves crudas de su carácter que desde la convivencia diaria fueron perceptibles aun cuando no están enmarcadas por un análisis profesional.

“Conocí a un ser humano de una frialdad disimulada pero feroz, sentimentalmente inconmovible, distante de sus amigos, incluidos los más destacados ‘Amigos de Fox’: de hecho, muy poco tiempo después de su arribo al poder, ya no tuvo tiempo para atenderlos, particularmente a Lino Korrodi y a José Luis El Bigotón González. Podía mostrarse cordial y afectuoso con total indiferencia.

“Vi también a un político que no sabía mostrar gratitud ni enojo, que no sabía de reciprocidades ni generosidades. Tal vez por ello no sabe transmitir el sentido de pertenencia ni inspirar lealtades, por ello está renovando permanentemente sus relaciones. Además de que todo político tiene su fachada, sin pretender escudriñar en su perfil sicológico, en sus códigos y claves íntimas, no se necesita mucho para concluir que la gente es usualmente más compleja de lo que aparenta.

“Y el presidente Fox no es la excepción, sin ser enigmático, su inocencia esconde una personalidad prismática; su candidez parece una máscara que le permite ponerse al margen de sospechas en jugadas de doble o triple banda; y sus adversarios han caído en su propia trampa. Frente a la conveniencia política de sobredimensionar sus errores, han terminado por subestimarlo”. Hasta aquí la cita.

Las citas sobre una personalidad compleja abundan en distintos libros que se han escrito sobre el llamado “sexenio perdido” —entre muchos otros, los del propio Lino Korrodi y de Luis Carlos Ugalde, ex presidente del IFE—, quienes retratan lo que pudiera ser parte de esa personalidad que hoy la Iglesia católica revela sin pudor alguno.

Pero el problema de fondo trasciende a Fox, a Salinas, a una gran cantidad de políticos del pasado que abiertamente han dado muestras de trastornos severos de personalidad. El tema es y debiera ser para el presente y el futuro de la democracia mexicana. Todos sabemos que los partidos tienen la exclusividad de las candidaturas a puestos de elección popular. Pero también sabemos que no existe ningún filtro para evitar que dementes lleguen al poder. Y más aún, en la nueva legislación electoral denunciar la potencial demencia de un político es causal de sanción al partido, al candidato o a los particulares que así lo denuncien. Pareciera que se crearon leyes para que casos como el de Fox sean la norma. ¿O no?

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