Criminal vacío de poder
Ricardo Alemán
Vemos el fracaso de políticos, partidos, gobiernos e instituciones
Empresarios metidos a líderes sociales; políticos ocupados de negocios
En la naturaleza, como en la política, el vacío no existe. Es decir, los espacios físico y de poder siempre están ocupados. Así, por ejemplo, cuando por la razón que se quiera aparece un espacio, un vacío, éste lo llena de inmediato el cuerpo y/o poder más cercano y/o más fuerte.
Traemos a cuento la comparación porque frente a los ojos de todos y casi sin darnos cuenta experimentamos una preocupante mutación del peso y responsabilidad de las instituciones del Estado, gobernantes, líderes y políticos que, debido a sus incapacidades, provocan un peligroso vacío de poder que, al mismo tiempo, es ocupado por poderes fácticos como el crimen organizado, por un lado, y por sectores sociales, a través de la llamada opinión pública, por el otro.
De esa manera, ante expresiones criminales extremas como el secuestro vemos a empresarios mexicanos convertidos en nacientes líderes sociales —como Alfredo Harp Helú, Alejandro Martí—, a ciudadanos que han sido víctimas de ese flagelo que asumen el papel de investigadores y llevan a prisión a los culpables —como Isabel Miranda de Wallace y Eduardo Gallo, entre otros—, a la llamada opinión pública en general y a la organizada —como María Elena Morera de México Unido y Laura Elena Herrejón, organizadora de la marcha del 30 de agosto—, que con su crítica y movilización hace evidente el fracaso de las instituciones del Estado.
Pero esa es apenas una de las aristas del vacío de poder provocado por la ineficacia de las instituciones del Estado. Todos saben que existen regiones completas del territorio nacional, de entidades federativas, de municipios, en donde el crimen —sea narcotráfico, sea secuestro— tiene el control total del poder. Sí, está comprobado que los criminales organizados financian candidaturas a puestos de elección popular y reclaman, a cambio, una de las potestades fundamentales del Estado; el uso de la fuerza. O por lo menos de una parte de la fuerza y la represión del Estado; la policía. ¿Cuántas policías municipales, estatales y federales están controladas por los criminales organizados?
Si realizamos una aproximación a manera de conclusión, veremos que frente a la crisis de inseguridad y criminalidad, la sociedad civil mexicana ha tenido que desempeñar buena parte de las tareas políticas y policiacas que debieran hacer los políticos, gobernantes y líderes, en tanto que ese poder fáctico que es el crimen organizado le ha arrebatado porciones fundamentales de poder al gobierno y al Estado, al grado de que quien manda en no pocas regiones del país es la fuerza del terror y el crimen.
Los empresarios convertidos en líderes sociales, en motor de la organización civil y que hacen el trabajo de los políticos, en tanto que los señores de la política están ocupados del rentable negocio de la política y de esas groseras empresas familiares que son los partidos, muy lejos de la responsabilidad ante los ciudadanos, que casualmente son los mandantes. Los gobernantes no atinan una respuesta, dan palos de ciego —gobiernos de todos los signos—, al tiempo que el poder del crimen impone reglas, las del terror. ¿Quién manda en México? ¿Quién tiene el poder? ¿Quién ocupa los vacíos de poder? ¿Dónde están los políticos, los gobernantes, los líderes?
La respuesta a las interrogantes la saben todos. El poder formal lo tienen gobernantes, legisladores, jueces… pero debido a los vacíos el poder real lo tienen las fuerzas fácticas; sea el narco, crimen organizado, sean mediáticos y agrupaciones sindicales. Y los mandones, por sobre los mandantes —los ciudadanos— son aquellos que tienen bajo control las plazas del menudeo de droga, tráfico de enervantes, personas, autos robados; quienes tienen compradas y a su servicio las policías, los que imponen el terror.
Y es que la incapacidad institucional —de los tres órdenes de gobierno y los tres poderes de la unión—, para contener y achicar el crimen organizado y sus brazos violentos como el narco y el secuestro, llegó al extremo de alterar la jerarquía de las instituciones y los poderes, al grado que en buena parte del país ya no operan los poderes y menos los gobiernos. Se vive en territorios expropiados por las bandas criminales.
El Estado moderno, basta recordarlo, se crea precisamente a partir de la necesidad de que los bienes y la vida de la sociedad sea defendida por una institución creada para ello. Por eso la sociedad cede a gobierno e institución la facultad de la represión y el uso de la fuerza; la potestad del orden y la justicia; en pocas palabras, el control de la policía y la aplicación de la ley. Pero en el México real, las policías de todo el país han sido penetradas por el narco y el crimen, al que sirven y protegen.
La ley en las regiones bajo control del narco es la ley del revólver; reinos de impunidad y complicidad. ¿A quien le interesa?
