Mataron a la izquierda
Ricardo Alemán
El PAN perdió; el del PRD es un fracaso cultural
AMLO es el asesino político de los amarillos
En efecto, nadie duda que el PRI arrasó en las elecciones del pasado domingo. Está claro que resulta de escándalo la pérdida que sufrió el PAN, golpe que pega directo en la línea de flotación del gobierno de Felipe Calderón; que empujó la salida de Germán Martínez de la dirigencia del PAN, y que obligará a cambios en el gabinete.
Sin embargo, lo ocurrido en los casos del PRI y el PAN es parte de la normalidad democrática. Las dos caras de la misma moneda; el triunfo y la derrota, la alternancia en el poder y, si se quiere, el efecto pendular de las preferencias electorales, que si ayer oscilaron a un extremo, hoy lo hacen en sentido contrario. Sin duda que el PAN es el gran perdedor. Y por eso la reacción inmediata en los ejércitos azules.
Pero pocos quieren ver que —como lo esbozamos ayer aquí— el gran derrotado, no sólo de la jornada sino de la democracia electoral toda, es el conjunto de la izquierda mexicana, cuyos partidos regresaron a los niveles electorales de la marginalidad democrática de las décadas de los 70 y 80. Vale recordar que, según la Academia de la Lengua, “derrota” significa “vencimiento completo de un ejército, seguido generalmente de fuga desordenada, ruina, desastre”. ¿Qué fue, si no es esa definición, lo que pasó en la izquierda mexicana?
Lo curioso del asunto es que nada dicen de la derrota política y cultural que sufrió la izquierda en la reciente elección —de su significado y trascendencia—, los políticos, intelectuales, militantes de izquierda. Y si nada dicen de las causas y los efectos de esa tragedia, menos hablarán de los responsables. ¿Quién o quiénes son los responsables?
En el extremo, no pocos de los fanáticos de la religión que es AMLO, ayer saltaban de gusto porque el PRI derrotó electoralmente al PAN —y porque “Juanito” ganó Iztapalapa—, sin darse cuenta de que si el PAN resultó el gran perdedor de la elección, la llamada izquierda mexicana fue vencida por completo. Es decir, quedó a punto de la ruina y el desastre.
En no pocos de los comentarios que se hicieron aquí a la entrega de ayer lunes —en donde advertimos de la trascendencia de la derrota de la izquierda—, los rabiosos amloístas se colgaban de la lámpara porque —según ellos— los grandes perdidosos habían sido los perversos y horribles azules de la derecha espuria. Según esa maniquea interpretación, con el triunfo de “Juanito” en Iztapalapa —pírrica victoria de AMLO—, la izquierda mexicana está salvada. ¿En serio?
¿De qué tamaño es la derrota del PRD y el conjunto de la izquierda? ¿Es una derrota electoral o un “vencimiento cultural completo” de la izquierda? ¿Quién o quiénes son los culpables de esa derrota?
Conviene recordar, para los desmemoriados, que uno de los objetivos de las distintas formaciones de la izquierda mexicana —desde la segunda mitad del siglo pasado— fue echar al PRI del poder. Hace 20 años con esa misión nació el PRD. Pero la izquierda mexicana convertida en Revolución Democrática fracasó en su primera década de vida, ya que en el año 2000 el PAN fue el partido que relevó —más que echar— al PRI del poder. Pero nueve años después, en 2009, el fracaso del ejército amarillo se transformó en la más dolorosa derrota que haya sufrido la izquierda. ¿Por qué?
Porque si el PRI regresa con todo su poderío es porque fracasó el partido que surgió de la unificación de la izquierda y de la más grande división del PRI, en 1986. En ese año, Cárdenas y Muñoz Ledo salieron del PRI, reventaron al partido tricolor, y junto con la izquierda crearon el poderoso FDN y al PRD. Empujaron la transición democrática, las reglas electorales creíbles, equitativas, transparentes y confiables… Y todo eso, para pavimentar el regreso del PRI.
El PAN siempre ha estado ahí; en su papel testimonial, de apóstol democrático, negociador, cogobernante. El PAN y el PRI son aliados por conveniencia del bipartidismo mexicano. La izquierda debía ser la alternativa, lo diferente, el motor democrático y los gobiernos para la gente. Hizo el trabajo duro en las tres décadas previas al 2000, puso los muertos, y al final del día fracasó. Hoy cuando regresa el PRI, lo hace sobre los cadáveres del PRD y de la izquierda. Pero el regreso del PRI, como lo vimos el domingo pasado, es la confirmación de que la izquierda mexicana y su partido emblema, el PRD, no sólo fracasaron culturalmente, sino que fueron asesinados. ¿Quién mató a la izquierda?
La respuesta la saben todos: intelectuales, políticos, periodistas que se dicen de izquierda. Pero todos o casi todos callan, porque sucumbieron al fanatismo de la religión llamada AMLO. Los fanáticos enloquecerán de nuevo, pero saben que el asesino del PRD —emblema de la izquierda— se llama Andrés Manuel López Obrador. En 2001 aquí dijimos que AMLO cometió parricidio con Cárdenas. Hoy AMLO mató al PRD. Y sobre su cadáver pavimentó el regreso del PRI. Sí, Andrés, la historia no perdona.
