Itinerario Político

Congreso de pistoleros

Ricardo Alemán

Legisladores armados, muertos de miedo, reconocen la inutilidad de su trabajo

Por vergüenza deben renunciar, porque aceptan lo que niegan a representados

Además de senadores de la República, parecen pistoleros. Pero la pistolización no es exclusiva de senadores, sino que también la practican diputados federales, locales y políticos en general.

Lo curioso es que el argumento que todos exponen para justificar el privilegio y las facilidades plenas para portar armas, es igual entre azules, tricolores o amarillos; recurso extremo de protección personal, ante niveles de violencia también extremos que alcanzan a todos, incluso a legisladores. Se confirma que el crimen, y su reverso, el miedo, “no andan en burro”.


Pero más que un asunto anecdótico, vivimos una de las grandes y graves contradicciones de la clase política mexicana. Y salta la pregunta elemental: ¿Por un minuto habrán pensado los bárbaros legisladores como Ricardo Monreal —y cientos de todos los partidos que portan armas— sobre la trascendencia de esa decisión —la de armarse— y del impacto social del mensaje que envían a sus representados? ¿Las entendederas de reputados legisladores darán para percibir el daño que hacen a su investidura y a todo el entramado institucional?

El primer mensaje —que significa una ofensa mayor a quienes por voto los eligieron como representantes— es que no existe institución del Estado mexicano que esté a salvo de los criminales organizados. Pero ese mensaje no es novedad. Lo verdaderamente grave del asunto es que al decidir por el privilegio de andar amado —y contar con una defensa adicional a la de los ciudadanos de a pie—, los legisladores reconocen la inutilidad de su trabajo.

Bueno, en rigor tampoco es novedad que son verdaderos inútiles todos, o casi todos, los diputados federales, locales, y los senadores. La contradicción mayor es que mientras que se resisten a legislar en serio, a partir de premisas de altura —como estadistas que debieran ser, pero que no son—, para combatir desde los instrumentos del Estado a la mayor amenaza a la estabilidad del propio Estado, los legisladores prefieren refugiarse en el callejón, como vulgares pistoleros.

Todos los legisladores que usan el dinero público, la influencia del cargo, el fuero constitucional para que la Sedena les otorgue permiso para portar armas —y privilegios adicionales a los de los mortales—, debieran renunciar al cargo por vergüenza elemental, ya que ante la criminalidad y la violencia prefieren una pistola, antes que las poderosas armas de la responsabilidad para legislar. Reconocen no sólo que su trabajo no sirve para nada, sino que han fallado a su responsabilidad. Están en falta con la Carta Magna y con sus electores. Y un legislador en esa circunstancia es un legislador fallido.

Por si hiciera falta, aparece otra contradicción fundamental. Con razón o sin ella, grupos de extrema derecha y ciudadanos en general —seguidores de la Asociación del Rifle— insisten en demandar que en México se permita libremente portar armas. El argumento es el mismo que emplean senadores, diputados y privilegiados hombres del poder: la defensa personal frente a la violencia indiscriminada. Como todos saben, la Constitución permite tener armas en casa, siempre que no sea de uso exclusivo del ejército o las policías.

La pregunta, y al mismo tiempo la contradicción, es la siguiente: ¿Por qué legisladores de la izquierda —como Ricardo Monreal—, del PRI y, claro, también del PAN, aceptan y practican alegremente la derechista pistolización que niegan a los ciudadanos en general? ¿Por qué ellos sí merecen un privilegio que niegan a sus representados? ¿Acaso son mexicanos de excepción?

En este espacio no compartimos y nunca aceptaremos la salida falsa de la pistolización como respuesta a la violencia desatada por las mafias del crimen. Pero resulta intolerable, es una ofensa social mayor, que aquellos ciudadanos a los que una mayoría encomendó la responsabilidad de la representación popular y del pacto federal, la elaboración de leyes para frenar, hacer frente y derrotar a los enemigos del Estado —como el narco y el crimen organizado—, sean los primeros en salir corriendo por la puerta falsa de la pistolización. ¿Miedo o irresponsabilidad?

Si los legisladores están muertos de miedo, si alcaldes, gobernadores y titulares de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial se protegen hasta los dientes con el dinero público, ¿quién vela por los ciudadanos de a pie? El miedo a gobernar no es sólo del PAN. Es de toda la clase política.

EN EL CAMINO

A propósito del tema. Hoy, a las 19:00 horas, en el Museo Franz Mayer —frente a la Alameda—, se presentará el libro de Carlos Arriola: Miedo a Gobernar. La verdadera historia del PAN —Editorial Océano—, que será comentado por Amalia García, Beatriz Paredes, y Diego Fernández de Cevallos.

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