Indígenas y educación

Roger Díaz de Cossío

En México no sabemos qué hacer con los indígenas, los migrantes, los mendigos. No los vemos. Es la expresión más clara de nuestro racismo profundo. Los indígenas en México son cerca de 10% de la población, alrededor de 10 millones de habitantes, repartidos en más de 50 culturas y lenguas diferentes. Los más numerosos, que incluso están creciendo, son los de lengua maya y náhuatl.
De algunas etnias quedan ya muy pocos hablantes que tienden a desaparecer en pocos años. Todas las lenguas originarias mexicanas eran ágrafas, no tenían expresión escrita, salvo los mayas, que son una de las dos culturas en el mundo que inventaron una lengua escrita (los otros son los asirios). Estos grupos son los que nos dan nuestra peculiar identidad mestiza, a los que debemos una buena parte de nuestra forma de ser, distinta de los demás pueblos latinoamericanos.

Nos enorgullecemos de las creaciones artísticas y arquitectónicas de los indios muertos, a los que hemos erigido maravillosos museos. Pero, los indios vivos, los que están entre nosotros y no vemos, son los grupos más pobres y miserables de la nación, una gran mayoría de ellos en pobreza extrema. Incluso algunos presidentes han soltado por ellos lágrimas de cocodrilo. Como nación deberíamos estar profundamente avergonzados.

Los gobiernos y sus diversas secretarías de Educación no han sabido nunca qué hacer con la educación de los indígenas. José Vasconcelos, cuando fundó la Secretaría de Educación en 1921, creó un departamento de Educación Indígena, pero dijo que desaparecería en poco tiempo cuando se hubiese logrado que ¡todos los indígenas se volvieran mexicanos! Desde entonces la política educativa hacia los indígenas ha sido pendular. Va y viene en razón de la ideología de los antropólogos influyentes de cada administración. Y las posiciones varían entre estos dos extremos. Por un lado están los que, como Vasconcelos, quieren modernizar a los indígenas. Por otro, están los que consideran preciosas las culturas indígenas y piensan que cualquier elemento de progreso moderno las va a destruir. Una carretera o una planta de tratamiento de agua las echan a perder.

En medio de estos debates se dio la labor del famoso Instituto Lingüístico de Verano (ILV), invitado a México por Moisés Sáenz y Lázaro Cárdenas en 1934 para que trabajara con las comunidades indígenas mexicanas. El ILV es una organización religiosa protestante evangelizadora que tiene como propósito la enseñanza de la Biblia. Envía parejas de misioneros, muy dedicadas y de vivir austero, para enseñar a escribir en su lengua a los indígenas. Después de estancias de años en las regiones de refugio, lograron tener alfabetos para casi todas las lenguas originalmente ágrafas. A partir de su trabajo se han podido ir construyendo textos escritos en las diferentes lenguas. En 1978 se prohibió al ILV actuar oficialmente en México, aunque sigue teniendo presencia y publicando buenos estudios sobre las lenguas indígenas.

Moisés Sáenz, que era un convencido integracionista (como Vasconcelos) de las culturas indígenas, fue persuadido por el ILV que se debía alfabetizar en lengua indígena y desde entonces permanece entre nosotros la Dirección General de Educación Indígena, en la cual se administran primarias indígenas y se reparten libros de texto en más de 55 lenguas.

El primer acto racista es tener escuelas separadas para indígenas y para mestizos. Me recuerda muchísimo la política original del racismo estadounidense, que respecto a la población negra decía “separados pero iguales” (Suprema Corte de Estados Unidos, 1896) y lo que resultaba en la práctica era separados pero muy desiguales. Tenían distintos baños, unos sin limpiar, para negros. Restaurantes que aceptaban sólo a blancos. Esto originó el gran movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, el combate a la segregación racial.

Las escuelas indígenas mexicanas son las que peores resultados tienen en logro educativo. Deberían integrarse con las de mestizos y enseñar a los mestizos los aportes de las culturas indígenas. Los niños, inconscientemente, aprenderían a respetar la diversidad cultural.

Empezaría a desaparecer el problema del racismo inculcado a todos los niños mexicanos de clases media y acomodada, educados por una sirvienta a la que perciben, desde muy pequeños, como un ser inferior. Claro que para lograr esto hay que tomar muchas más acciones en todos los ámbitos de la sociedad mexicana.

rogerdc@prodigy.net.mx

Presidente de la Fundación Solidaridad Mexicano-Americana

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