Fernando Serrano Migallón
Hace unos días recibimos una de las pocas noticias que cada vez con menos frecuencia nos devuelven la seguridad y la confianza en cuanto hemos construido los mexicanos a lo largo de los siglos. El Comité del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO declaró, por unanimidad de votos, la inscripción del casco histórico de la Ciudad Universitaria dentro de la lista de inmuebles considerados Patrimonio de la Humanidad; ello quiere decir que a partir de ese momento la Ciudad Universitaria merece la protección internacional para su preservación futura; pero no sólo eso, sino que la comunidad internacional la considera uno de los bienes representativos de la actividad humana en cuanto a creación estética, valor histórico y significado cultural. Para nosotros los universitarios es un honor, y para todos los mexicanos el motivo de un legítimo orgullo.
Podemos decir que este reconocimiento lo es también a la constante búsqueda de la verdad que la Universidad Nacional Autónoma de México ha realizado, con diferentes rostros y en distintas circunstancias, durante casi 500 años. El tiempo de conformación de la conciencia de la mexicanidad, en la que también tiene mucho que ver.
Sin embargo, qué es lo que le permitió a la Ciudad Universitaria entrar en tan honrosa nómina; desde luego su valor estético y su lugar dentro de la evolución de la arquitectura en el siglo XX, pero también su representatividad dentro del contexto de la cultura mexicana. El campus del Pedregal es, sin lugar a dudas, un muestrario de la cultura mexicana contemporánea.
Pensada para albergar la actividad académica de la máxima casa de estudios de la nación, en los años 50 fue concebida como un punto de encuentro entre disciplinas, entre formas de asumir la realidad y entre grupos de nuestra propia sociedad; por ello está construida en torno a un enorme espacio abierto, manifestando la amplitud de miras de nuestra cultura; por eso también es rica en una iconografía que, en cada momento y en cada rincón, nos recuerda el origen híbrido y ecléctico de la cultura mexicana, para la que ningún territorio es ajeno y para la que ninguna otra es extraña.
Al reconocer la UNESCO su valor histórico y artístico, no ha hecho sino reconocer la universalidad de la cultura mexicana.
Se trata pues del reconocimiento a una tarea inscrita en las raíces más profundas de la universidad; sus tareas, establecidas por ley, son sólo los mecanismos para sus dos grandes retos: crear y preservar la cultura de nuestro pueblo y servir como conciencia crítica de la nación.
Educar, divulgar la ciencia y la cultura, generar nuevo conocimiento y ponerlo al servicio de la patria son metas que la universidad sólo puede cumplir por su estrecha relación con el ser de la nación; a diferencia de otras instituciones educativas, el objeto de la universidad de todos es el ámbito integral de nuestro pueblo y nuestra cultura, más allá de las divisiones y las particularidades de los distintos grupos que integran a la nación.
En realidad, la UNAM es la manifestación espiritual del saber mexicano en movimiento, en un constante movimiento de creación y consolidación, y la Ciudad Universitaria es la metáfora arquitectónica de nuestra presencia en la historia. Este nuevo miembro del Patrimonio de la Humanidad rebasa ya los 50 años y, al contrario de otras construcciones de su época, ha sabido envejecer con una dignidad admirable; sus edificios lucen siempre nuevos y siempre parecieran estar a la vanguardia de la estética; ello porque se trata de una ciudad viva y constantemente alimentada de una población mayoritariamente joven cuya esperanza en el futuro se traduce en un arduo trabajo académico, en un impulso creativo sin límites.
Sin duda los mexicanos en general estamos orgullosos de nuestra Ciudad Universitaria, y los universitarios, en particular, recibimos este honor como un compromiso.
fsm@derecho.unam.mx
Abogado
