Con hambre y con celular
Carlos Loret de Mola
Día 3. Lo que más me ha llegado: los niños enfermos con la piel pegada a los huesos porque no comen bien. Lo que más me harta: el polvo. Lo que no alcanzo a dimensionar: ¿cuántas chozas improvisadas y frágiles más tienen estos interminables caminos como de desierto? Lo que quiero: una botella de agua helada. Lo que más me admira: la resistencia de las madres que dan a luz aun en estas condiciones. Lo que creí que extrañaría más: la comida. Lo que me indigna: que el mundo produzca comida para 12 mil millones de personas, sólo seamos 7 mil millones y haya tantos con hambre. Lo que de plano no esperaba: que en el campamento de refugiados más grande del mundo la mayoría fueran niños.
Lo que me preocupa: no alcanzar a explicar bien que bajo cada techo de plástico, madera, cartón o cobijas con ramas hay una historia familiar que por sí sola constituiría una tragedia. Lo que no imaginé: que fuera tan grande el campamento donde huyen de Somalia sus ciudadanos. Lo que más me ha sorprendido: que muchos refugiados tienen celular y lo usan muchísimo.
Primero, porque hablar a cualquier número de la misma compañía (hay cuatro) es gratis. Segundo, porque si es a uno de otra telefónica, el costo es equivalente a un peso mexicano por 10 minutos. Y tercero —y más importante— porque el celular es un medio de pago. Cuando sus familiares en San Luis Missouri (alberga la comunidad más grande del exilio somalí) quieren mandarles dinero, lo hacen a través de una transferencia de dinero por celular: les llega un mensajito que les dice cuánto recibieron y de quién; si quieren, pueden cambiarlo por efectivo; si no, desde el celular pueden ordenar otras transferencias a quien les venda ropa o algún otro bien “de lujo”, como una olla, una cobija o un pedazo de carne para celebrar.
A esto se suma que el chelín somalí es una moneda devaluada y desprestigiada entre su gente. En Mogadiscio, me dicen, circulan más los billetes emitidos durante la colonización italiana que terminó en 1960 que los impresos más tarde por la dictadura socialista de tres décadas o los 14 gobiernos de los últimos 20 años.
Además, el celular es un medio de pago confiable para la economía somalí sostenida en tres actividades delictivas: el contrabando de todo tipo de mercancías, el tráfico de armas que nutre a los caciques violentos que se disputan el país casi calle por calle y la piratería, la tradicional, la de barcos interceptando a otros, secuestrando tripulación y carga por la que piden rescates en dólares. Hay mercado, aunque no haya Estado, dicen los clásicos de la literatura del cuerno de África.
Al campo de refugiados de Dadaab han llegado huyendo más de 450 mil personas, sobre todo de Somalia. Hay además cosa de 14 mil kenianos trabajando en el sostenimiento del campamento, y más o menos 2 mil extranjeros coordinando la ayuda humanitaria de países y organizaciones. Hay economía.
