El efecto Boston en México
Carlos Loret de Mola
La diplomacia mexicana encabezada por José Antonio Meade tiene hoy un reto político que el lunes no tenía.
El ataque con dos bombas en el Maratón de Boston cambió de golpe la distribución de fichas en la mesa de juego de la relación bilateral con Estados Unidos, apenas dos días antes del viaje programado a Washington del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y dos semanas antes de la visita del presidente Obama a México.
No hay punto de comparación entre el 16 de abril de Boston y el 11 de septiembre de Nueva York, pero el gobierno mexicano debe tener muy presente lo que ocurrió en 2001 tras los atentados contra las Torres Gemelas para evitar consecuencias similares.
En febrero de 2001 el presidente Vicente Fox, que aún contaba con el llamado bono democrático y la buena fama internacional de haber sido quien sacó al PRI de Los Pinos, recibió en su rancho de Guanajuato a George W. Bush. El estilo vaquero e ignorantón de ambos mandatarios dio lugar a la historia de que existía entre ellos una gran identificación y que ello generaba un ambiente muy favorable para que México empujara su proyecto de la famosa “enchilada completa” en una reforma migratoria.
Siete meses después Al Qaeda golpeó al gigante estadounidense y la agenda mexicana pasó al baúl de los trebejos en la lista de prioridades de Washington. Justificada o no, la obsesión de la administración Bush con la seguridad hizo que el único tema con México que siguiera en su radar de interés fuera el de blindar la frontera para evitar que células terroristas entraran por ella para atacar de nuevo en territorio estadounidense. Al final, la “enchilada completa” no llegó ni a totopito.
Las investigaciones sobre lo ocurrido en Boston este lunes todavía no definen si se trató de un ataque interno o externo y el daño no es comparable con el causado el 11-S, pero de cualquier modo es el primer atentado importante en territorio estadunidense desde entonces y de manera inevitable concentra la atención del gobierno de Obama en la seguridad.
Si no hay una operación inteligente y rápida de la diplomacia mexicana para enfocar a Obama en los temas que interesan a México, podría perderse un momento único.
El segundo periodo de Obama comenzó con buenos auspicios para impulsar una agenda liberal que no pudo o no quiso aplicar en sus primeros cuatro años y también con un reconocimiento de que el voto de los hispanos fue crucial para su reelección, al grado que la propuesta de la tan postergada reforma migratoria comenzó a encontrar buen terreno incluso con un grupo bipartidista de legisladores (los republicanos también hicieron cuentas).
El momento en que ocurrió el atentado de Boston pone tal reto para México. Independientemente de que se confirme si fue terrorismo doméstico o internacional, surge de nuevo la tentación para Estados Unidos de centrarse sólo en seguridad y de volver a “narcotizar” y “terrorizar” la relación bilateral. Si eso ocurre, todo lo demás podría truncarse.
