Siete horas de fila para verlo solamente dos segundos
Carlos Loret de Mola
CARACAS.— Franklin lleva una playera roja de marca gringa y se cubre del infame sol de Caracas con una sencilla gorra, roja también, que dice PDVSA, las iniciales de la empresa petrolera estatal de Venezuela, que robó del estante del cuarto de su hijo que juega beisbol con un equipo financiado por el gigante energético.
Rojo en la cabeza, rojo en el pecho, Franklin, taxista, cumple con el uniforme del chavista. Pero no se habla con su hermana. Ella y su marido son empresarios, férreos opositores al régimen de Hugo Chávez. La distancia política se ha vuelto distancia personal. Cuando se ven —dos veces al año, en diciembre y el cumpleaños de su mamá— apenas se saludan.
“Y eso pasa en todas las familias de Venezuela”, me resume acongojado mientras se lleva a la boca una arepa bien rellena de guisado, que se pasa sorbiendo un trago de batido de guanábana.
La figura polarizante, el carácter provocador, la personalidad de Hugo Rafael Chávez Frías partió en dos a Venezuela. La mitad está escondida en sus casas mientras observa el maremágnum político de los funerales de su más acérrimo rival. Parece que la otra mitad se ha concentrado en un fuerte del ejército, el de Tiuna, en cuya Academia Militar está instalada la capilla ardiente con el féretro del caudillo.
Siete horas de fila para estar frente a él dos o tres segundos. Y la hacen. La hacen 2 millones de criollos, según cifras oficiales, que resisten con poca agua y mucho sol 10 kilómetros de “cola” para llegar al ataúd de madera con un cristal que separa el cuerpo inerte, de gesto tranquilo, vestido con verde militar y boina roja, del Comandante.
Cuando llegan se hincan, se persignan, se cuadran, le ponen la mano en el cristal queriendo tocarlo, civiles y uniformados, hombres que cargan a sus hijos que se asoman sobre el cajón café con cara de asombro, ancianas que se levantan de sus sillas de ruedas y rompen en llanto, presidentes, jefes de Estado y de gobierno, funcionarios que fueron, que son y que se quedaron con las ganas de ser de Chávez.
Casi todos los canales de televisión y las estaciones de radio transmiten ininterrumpidamente entrevistas de un pueblo que se desborda en sentimientos y una burocracia que se desborda en adjetivos.
Si el recorrido del féretro por las calles de Caracas, el miércoles fue el fervor, el luto rojo ante la explanada de la Academia Militar es la devoción. ¿Quién es para usted Chávez? Pregunto a varios. Un hombre bueno, un libertador, un ángel, un dios, se agolpan las respuestas. No hay matices.
La oposición, en cambio, está en silencio. Con cortesía política han dejado todo el escenario a los funerales de un caudillo, su partido, su gobierno y su Estado.
Un mausoleo aguarda a su cuerpo embalsamado. Por generaciones podrán acercársele casi como si estuviera vivo. Le podrán seguir cantando, vitoreando, llorando, citando, y él, bolivarizando al Mío Cid, continuará haciendo campaña después de muerto.
SACIAMORBOS
Esta devoción me tiene impactado. Nunca había visto algo así.
