Historias de reportero

Chávez: caminar junto a su féretro
Carlos Loret de Mola

Cuanto aterricé en Caracas, Venezuela, poco antes de las siete de la mañana hora local y el sol parecía de mediodía, me topé con una ciudad en pasmo: no hay el tráfico de miércoles, las escuelas y oficinas de gobierno están cerradas por decreto, los comercios no abren por miedo, los opositores al régimen no quieren salir de sus casas y los simpatizantes de Hugo Chávez Frías, cuya muerte no tiene 15 horas de anunciada, apenas despiertan para concurrir al cortejo fúnebre de su líder.
No es un día normal, no es un “la vida sigue”, pero tampoco hay los episodios de violencia que se pronosticaban (salvo un par de incidentes aislados y menores contra tres periodistas extranjeros). Muchos hicieron compras de pánico pero no se registró el desabasto de otros tiempos.
Las ediciones de los periódicos exhiben que la noticia no los tomó por sorpresa. Sus largos suplementos especiales contrastan con la radio y la televisión, que están enlazados en una cadena nacional ordenada por el gobierno, en la que sólo entrevistan a gente llorando que relata cuán perfecto e irrepetible era el presidente. En vida, Chávez acaparó más de mil 600 horas de cadenas nacionales que interrumpieron noticieros, novelas, partidos de futbol y hasta mítines opositores.
¿Quién es Hugo Chávez? No lo había entendido del todo hasta que no tuve su ataúd tan cerca como para tocarlo al extender mi brazo. Sus chavistas quieren acariciar la caja de madera abrazada por la bandera amarilla, azul y roja de Venezuela. Un cerco de militares de verde y fortachones con playera roja tratan de contener a la gente para que no se acerque. No pueden. Millones de personas vestidas de “rojo-Chávez” vencen fácilmente a 15 guardias bolivarianos.
La última batalla por despedirse del Comandante es a empujones, codazos, apretujones, pisotones, gritos, porras, llantos, llamados a la “disciplina” —sustantivo favorito—, cánticos, condenas al imperialismo.
Hombres con hijos en brazos, jóvenes que levantan el celular para tomar la foto más próxima, señoras que empujan a sus madres en sillas de ruedas aunque les caiga la ola roja encima. Todos sudan porque no sólo hay calor humano. Por momentos parece inminente que alguien morirá ahogado.
Siete horas para recorrer seis kilómetros. Si no fueran incontables, serían millones de personas en las calles del centro-occidente de Caracas. La fila para verlo en la capilla ardiente va a terminar el viernes. En cambio, calles afuera del derrotero del cortejo fúnebre, Caracas se encuentra en silencio, luce vacía, hípervigilada por policías y militares. Los opositores no hacen fiesta, guardan la corrección política, se guardan.
Se ha ido Hugo Chávez. Según organismos internacionales, 14 años en el poder redujeron la pobreza pero aumentaron la violencia, disminuyeron la desigualdad económica pero crecieron el odio, pusieron a los pobres en la primera fila pero atacaron la libertad de expresión, incomodaron al poder omnímodo estadounidense pero desataron la corrupción en casa y lo volvieron adicto al poder.
El personaje es para la historia.

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