Historias de reportero

El ojo que nos vigila
Carlos Loret de Mola

Me despierto de golpe porque una bomba cae cerca del hotel donde nos hospedamos en Damasco y tiembla hasta la cabecera de la cama. El susto pasa rápido porque de inmediato me acuerdo que eso de las explosiones en la capital de Siria es cosa de cada 10 minutos. De todas maneras ya iba a sonar el despertador.
Nuestras cámaras de video fueron decomisadas por el gobierno de Bashar al-Assad tan pronto aterrizamos. Prometieron que nos las entregarían hoy así que es cosa de terminar de redactar la información e ir al aeropuerto. Aunque no tenemos imagen, hemos podido recorrer la ciudad capital, escuchar el asedio de sus estruendosos combates y platicar con la gente. A pesar de ser la herramienta de convocatoria de sus adversarios, el régimen no ha cortado internet y eso mitiga los estrictos controles sobre la prensa.
El despacho del jefe de Seguridad del Aeropuerto —firma indispensable para recuperar el equipo televisivo— mide cuatro por cuatro y el techo parece que nos aplasta en cualquier momento. En ese espacio mínimo tiene ocho fotografías de la familia Assad: una del padre y antecesor del actual mandatario y siete de éste. Me extraña no ver en su solapa un botón que venden en el mercado y expresa, con el tradicional corazón remplazando al verbo en inglés, I love Bashar.
Nos ponen a jugar el Twister de toda burocracia (la mano derecha en la oficina del tercer piso, el pie derecho en las fotocopias de la planta baja, la izquierda en el sello al final del pasillo) y nos devuelven dos cámaras, un micrófono, un trípode, tres baterías, un cargador y tres chalecos antibalas… Y nos mandan al Ministerio de Información.
Hay dos maneras de cubrir una guerra: la oficial y la no oficial. En Afganistán entramos de indocumentados por la frontera de la paquistaní Peshawar y la afgana Jalalabad, en Haití nos dijeron que nos reportáramos con el gobierno de Arístide pero era tal el caos que nos fuimos por la libre, en Egipto nos detuvo el Ejército engrandecido por Mubárak por grabar en zonas prohibidas, en Libia cruzamos la frontera arrebatada por los rebeldes a Muammar Gaddafi.
Así las inolvidables experiencias, hace tiempo me preguntaba: ¿qué se sentirá tener una visa y poder aterrizar en el sitio al que uno quiere llegar sin tener que estar contratando taxis y convenciendo con dinero a conductores para que se atrevan a meterse entre las balas y ponerle cara a las carreteras que son siempre de los mayores peligros? Ya me sacié ese morbo. Y creo que prefiero la ruta extraoficial: no sólo hay más emoción y más adrenalina, sino que se puede reportear mejor sin tantos ojos vigilantes.
Una guerra. Dos grupos enfrentados. 20 meses. 40 mil muertos. Un millón y medio de personas han huído de sus hogares. 442 mil de plano huyeron del país. 63 representantes opositores en el órgano que los coaliga. Cuatro décadas llevan los Assad en el poder. 16 puntos de combate en la zona metropolitana de la capital siria. La batalla por Damasco ha comenzado. No será breve ni exenta de sangre.

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