Historias de reportero

Otro terremoto para Haití
Carlos Loret de Mola

Voy en taxi rumbo a un aeropuerto latinoamericano. Para el poco tiempo que pasé en el país casi sin haber salido del hotel, podría ser cualquier terminal de cualquier ciudad. Me habían asustado con que el trayecto podía demorar hasta dos horas, pero las carreteras fluyen y el chofer lo festeja. Para matar el tiempo, y poner a prueba mi paciencia en la era digital, desafío a la conectividad y saco el celular para navegar por internet.
Leo la crónica que manda a EL UNIVERSAL Laura Castellanos desde Haití. Mañana se cumplen dos años del sismo que mató a 300 mil personas y medio millón siguen en los campamentos de damnificados. La enviada recorre el más grande, que irónicamente está en derredor del lujoso Palacio Presidencial que se cayó en el terremoto (y que, al parecer, sigue derrumbado).
Me acuerdo que entonces estuve ahí —estos viajes de trabajo me ponen nostálgico—, en el mismo campamento, asombrado de cómo se veía, quebrada, a ras de tierra, la cúpula de la blanquísima residencia oficial en Puerto Príncipe, copia subdesarrollada del Capitolio de Washington. Sin casas, porque se las había derrumbado el de siete grados Richter, la gente salió a vivir —y sigue “viviendo”— a la intemperie, guarecida bajo plásticos, cobijas, pedazos de cartón y lámina atados entre sí.
Conocí el país en 2004, cuando una guerra civil tumbó a Jean Bertrand Aristide tras 10 años en el poder. A los peores niveles continentales de analfabetismo, nutrición, escolaridad, VIH, esperanza de vida, se sumaba la violencia entre compatriotas que se mataban a golpes, pedradas, machetazos y algunas balas. Nadie recogía los cadáveres que terminaban relamiendo los perros callejeros días después. El sótano de la condición humana al que los vientos de la democracia planteaban rescatar. Por eso ya no se puede poner peor, deduje.
Pero sí. Seis años después, con las mismas carencias educativas, de salud y alimentación, con una democracia secuestrada por clanes de delincuentes y brotes de violencia social incontrolables, el terremoto arrebató a los haitianos lo último que tenían: el techo y la vida, y se ubicó hasta arriba de la lista de desastres naturales que más personas han matado, junto con el tsunami de Indonesia en 2005.
La magnitud de la tragedia despertó la solidaridad mundial. Personalidades y jefes de Estado de todo el planeta anunciaron sus donativos. De palabra, se juntaron 4 mil 400 millones de dólares. “Esta lana puede empezar a darle la vuelta a Haití”, me acuerdo que imaginé al conocer la cifra, “ya no se puede poner peor”.
Pero sí. Dos años más tarde no se han entregado ni la mitad de los donativos comprometidos y ahora las niñas —lo más agrio de la narración de Castellanos— se prostituyen en los campamentos para tener con qué comprar agua.
El taxista anuncia que llegamos al aeropuerto en tiempo récord. Qué ganas de agarrar un vuelo a Puerto Príncipe. Seguro Haití se puede poner peor. Ya pasará algo que nos lleve a todos a constatarlo.

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