Hasta la médula

Mauricio Merino

Tengo para mí que los escenarios de conflicto que está viviendo el país están revelando algo más que la debilidad de nuestras instituciones políticas. Aunque es cierto que las reglas del juego que aún rigen la política y la economía mexicanas fueron diseñadas para otra época, también es verdad que hay otras rupturas más hondas que todavía no acertamos a definir. No atañen solamente a las cifras de distribución del ingreso, ni a las condiciones de acceso al poder, ni a la desigualdad regional, sino a un desacuerdo mucho más básico sobre la identidad y el sentido de pertenencia que compartimos (o ya no) la mayoría de los mexicanos.
Puede ser que esta apreciación sea un efecto directo de la incapacidad que ha mostrado el Estado mexicano para cumplir sus funciones básicas. Para decirlo rápido, hoy tenemos un Estado que está lejos de garantizar la seguridad pública, que no consigue afirmar su sistema fiscal, que no alcanza a impartir justicia imparcial y que no acaba de organizar a su burocracia. No es una exageración: el crimen organizado está demostrando que se ha vuelto más poderoso que todas las policías juntas; la economía informal sigue creciendo y la evasión fiscal es una práctica habitual; las cárceles están llenas de pobres; y la mayor parte de los puestos públicos sigue siendo un botín de los poderosos.

El resultado de esa combinación es una ausencia palpable de una mínima cultura de la legalidad entre los mexicanos. No es que todos contribuyamos a la corrupción, o que seamos cómplices de los delincuentes. El problema es que no compartimos la idea de que las leyes sirvan para organizar nuestra convivencia. No es casual que casi nadie respete las normas de tránsito, que le tengamos miedo a la policía, que no se vea mal evadir al fisco, que se admire la influencia política o que se piense que ganar en un juicio depende del dinero invertido. Todos esos son lugares comunes, que definen la calidad del espacio público mexicano. Seguramente son el producto de muchos años de despropósitos, pero hoy ya tampoco tenemos al Ogro Filantrópico que describió Octavio Paz.

Las viejas explicaciones que se utilizaban para culpar al Estado autoritario y corrupto de casi todas nuestras desdichas ya no funcionan. Todavía al comienzo del sexenio pasado podía decirse, con algún desparpajo, que todos nuestros males se debían a 70 años de hegemonía de un solo partido. Era una afirmación imprecisa, pero servía como pretexto para imaginar un futuro mejor. Hoy en cambio suena a disculpa falaz: como si al pedir que se resuelvan los problemas más evidentes, pidiéramos demasiado. El caso es que ya no tenemos a quién culpar, pues ahora sí nos quedamos solos. Aquel Estado burocrático y obsesivo fue desapareciendo desde los años 80 y, en su lugar, quedó una pedacería y tres partidos con vocación oligárquica (la ley de hierro de Michels), que se disputan ferozmente cada pequeño trozo de lo que va quedando.

El mercado (ese otro espacio público compartido) tampoco ayuda a crear un nuevo sentido de pertenencia de largo aliento, pues más bien tenemos una difícil combinación entre oligopolios, informalidad y rentismo de Estado. A grandes rasgos, de eso vive el país. En consecuencia, la mitad de los mexicanos está hundida en la pobreza y una buena parte de la otra mitad vive como asalariada de los muy ricos, cobrando rentas burocráticas estatales, prestando servicios al día o viviendo en la economía informal. En esas condiciones, para cualquier mexicano es por lo menos difícil imaginar un proyecto empresarial exitoso. De ahí que su mayor aspiración (como reportan las encuestas recientes) no sea ahorrar o invertir para prosperar, sino comprar una casa a plazos para heredarla a los hijos. Dicho de otra manera: la generación de riqueza se ve como asunto de ricos, no de pobres que apenas la van librando. Y por supuesto, eso mismo piensan los ricos.

Las rupturas que se están generando en la sociedad mexicana revelan que no tenemos una mínima visión compartida, capaz de producir mayor solidaridad, más responsabilidad, redes de cooperación voluntaria, confianza mutua, reciprocidad y capital social positivo. Si la política se convierte solamente en un juego hostil entre poderosos y la economía se clausura en mercados inaccesibles a la gente común y corriente, es imposible pedirle una tregua a la lógica del egoísmo de corto plazo, al oportunismo de todo cuño y a la falta de respeto por los demás. Sin destinos simbólicos compartidos, cada quien se refugia en su vida propia. Y es inútil insistir en la vigencia de valores comunes, cuando en la práctica casi nadie los sigue realmente.

Hace poco leí el relato autobiográfico de Sándor Márai (¡Tierra, tierra!, se titula), en el que cuenta los últimos años que vivió en Hungría antes de emigrar para siempre, tres años después de que concluyó la Segunda Guerra Mundial.

Márai escribió que no tomó la decisión de salir de su patria como secuela de la ocupación nazi ni como resultado de la imposición soviética que vino después, sino cuando descubrió, en la calle de Budapest, que al desencanto y la tristeza de las miradas le seguía el odio: una suerte de afirmación personal, individual, que veía en los demás a todos los enemigos que nunca pudieron vencer. Como si los males que vivió ese país no fueran producto de la situación bélica que le rodeó, sino de su propia falta de solidaridad y de afecto por la identidad húngara. Como si todos fueran culpables y se odiaran por ello.

No propongo, ni remotamente, una analogía con el relato de Márai. Estamos muy lejos, tanto cultural como históricamente, de una situación semejante. Pero hay algo en esa descripción que me recordó las miradas que a veces cruzamos en las calles de México. Como si fuéramos enemigos y no tuviéramos casi nada que compartir, más que el espacio físico, los mexicanos estamos acumulando demasiadas rupturas. Las naciones también se inventan su identidad y la nuestra necesita volver a creer en algo común. Solíamos decir que ese algo era la democracia, pero se nos está olvidando.

Profesor investigador del CIDE

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