Jorge Montaño
Pocos temas convocan consensos tan amplios como la incomprensión del vínculo México-Estados Unidos. Los factores que impulsan esta realidad fluyen en ambos países, generando en la opinión pública y en los tomadores de decisiones prejuicios distorsionadores del equilibrio en un intercambio desigual. Acá prevalece la obsesión antiestadounidense que encabezó con lucidez Lucas Alamán o las diatribas porfirianas que se flagelaban ante una vecindad considerada castigo divino. Allá campea el criterio del sur con seres incapaces de enfrenar los embates del desarrollo capitalista.
Estamos atrasados por una debilidad estructural para responder con trabajo a la globalización. Aquí hay admiración y reticencia hacia el vecino, entre ellos suspicacia y desdén, sin entender ambos que es la peor ecuación para los intereses comunes.
La incomprensión se confirma con el declive de centros especializados en investigación y docencia orientada a entender la complejidad del vínculo definido por la geografía. Cada día hay menos voces autorizadas para contribuir con conocimiento real a desentrañar mitos y concepciones infundadas. La tendencia a equiparar el conocimiento del idioma con la especialización necesaria para desentrañar el comportamiento de los ciudadanos o las decisiones adoptadas confirma el peligroso vuelo sin instrumentos en el que estamos empeñados. El debate entre los candidatos presidenciales sobre el tema migratorio se ha tratado de resolver con un “tanteómetro” de conveniencias y prevenciones sugeridas por los encuestadores, lo que explica los tumbos de quienes se retractan o aprovechan coyunturas mediáticas para acercarse al electorado. En este lado, a la discusión desordenada por la desesperación y rabia acerca de la viabilidad del TLCAN se respondió comparando el vilipendiado sector rural con las exquisiteces de los campos de golf. Estos ejemplos extremos confirman la incapacidad de recuperar avances innegables, promoviendo cálculos erráticos y retrocesos en la relación.
La gira de Calderón por cinco ciudades estadounidenses con obvia presencia cuantitativa de connacionales o de innegable interés en asuntos mexicanos ha recibido un cuestionamiento propio de la ignorancia real o interesada ya descrita. Negar la importancia de entender y coadyuvar en la solución de los problemas que enfrentan 11 millones de personas nacidas en México refleja una visión distorsionada de la asimétrica bilateralidad. Condenar el viaje al fracaso, por una supuesta equivocación en los tiempos políticos del vecino, es limitar la agenda a su mínima expresión. No hay razones para suponer que la injerencia o intromisión en la contienda electoral animan el propósito de la visita. A nadie, salvo a quienes desconocen la política de Estados Unidos se les puede ocurrir que un periplo enmarcado en el respeto de las reglas básicas de la diplomacia pueda generar reacciones negativas.
Entiendo la crítica fundada en la sorpresa y la preocupación, si el cuestionamiento se endereza a interrogarse sobre las razones que explican que, por primera vez en la historia moderna, no ha habido en los 14 meses de gobierno una visita de Estado del presidente mexicano a su homólogo. Esta omisión sí me parece seria y perjudicial para un curso ordenado de la relación. No es el caso con el viaje en cuestión, que supone el objetivo impecable de acercarse con los paisanos avencindados en Estados Unidos, probablemente sin intención de retornar. El ánimo de destacar la aportación positiva que hace esta población a la economía, cultura y sociedad de aquel país no es una meta inalcanzable frente a la distorsión conservadora de que somos un lastre inevitable. El diálogo con las organizaciones de migrantes, autoridades locales, inversionistas, mexicanólogos y medios de comunicación no es trivial. Intercambiar opiniones sobre los efectos de una inevitable recesión en ambas economías y por ende en el futuro de quienes ya migraron y de los que inevitablemente lo harán para hacer frente a las carencias que generará la incertidumbre económica tampoco son objetivos deleznables.
Este viaje, pese a las críticas superficiales, debe coadyuvar a la inserción de los temas comunes con un enfoque constructivo. Negar que el momento es delicado sería un despropósito. Sin embargo, la coyuntura se debe aprovechar con una conducción pulcra de la gira, que será observada con detenimiento, obligando a advertir con anticipación zonas minadas y tentaciones de emitir juicios que rebasen los propósitos que animaron el viaje. Pese a los riesgos, la oportunidad no debe desperdiciarse.
montesco98@yahoo.com
Analista político
