Alberto Begné Guerra
Ha concluido un año electoral muy intenso. Además de la renovación de congresos y ayuntamientos en 14 entidades federativas, en tres de ellas —Yucatán, Baja California y Michoacán— se eligió también a gobernadores. Al margen de los resultados de cada elección, estos procesos permiten hacer un balance de carácter general que resulta imprescindible si queremos realmente construir una democracia de calidad.
Lo primero que debe destacarse es la profunda inequidad en los procesos electorales. Si una de las exigencias básicas de una genuina competencia democrática es la equidad, las elecciones de este año demostraron que estamos muy lejos de lograrlo. Mientras no haya un control efectivo sobre el uso de recursos y programas públicos, así como de la intervención de grupos de interés y poderes fácticos, las campañas y los resultados de los comicios seguirán bajo el dominio del poder del dinero, reproduciendo prácticas clientelares y la manipulación de la pobreza.
En segundo término cabe subrayar el persistente vacío del discurso y la frivolidad de la propaganda durante las campañas electorales. La promoción de imágenes sin sustancia, la ausencia de un debate con ideas y propuestas claras que permitan a la ciudadanía contrastar y valorar la oferta política de cada partido o candidatura y, desde luego, las reiteradas formas de difamación y denuesto como instrumento para golpear a los adversarios revelaron una vez más la profunda precariedad de nuestra cultura política.
En tercer lugar, los procesos electorales de este año evidenciaron que los partidos políticos seguimos estando lejos de los problemas, las demandas y las causas de la ciudadanía. Los altos niveles de abstención, pero sobre todo el rechazo de la gente a los partidos, muestran que las luchas internas en las organizaciones políticas gravitan más en sus decisiones y en su forma de actuar que las ideas y la voluntad de avanzar por la ruta de la elaboración programática, el dialogo y la construcción de acuerdos para atender los asuntos que están en el interés de la sociedad.
Se trata, no cabe duda, de una mala combinación para nuestra incipiente democracia: inequidad en la competencia, carencia de sustancia en el discurso y ausencia de un debate de calidad, así como ensimismamiento de los partidos. Nada más lejano a lo que se necesita para construir una vida democrática de altura, con sustancia y con sentido, donde las diferentes opciones puedan mostrarse y competir efectivamente ante los electores, con el fin de formular propuestas de solución para un país escindido por la desigualdad y con graves, muy graves dificultades para lograr un modelo de desarrollo incluyente, sustentable y, en última instancia, viable, que no comprometa más el futuro, de por sí incierto, para los jóvenes y las siguientes generaciones.
Aún es tiempo de atender y resolver estos problemas en la perspectiva de los próximos procesos electorales, en especial para la renovación de la Cámara de Diputados en 2009 y para los comicios generales de 2012. En esa posibilidad se juega el destino de la vida democrática. Y es importante decir que la reciente reforma constitucional en materia electoral puede contribuir a ese fin, siempre y cuando las reformas a la legislación secundaria, ahora en curso, pongan por delante estas y otras exigencias básicas de la democracia.
Se debe sancionar la inequidad, lo que supone establecer como causal de nulidad la violación de topes de gastos y el uso de recursos ilícitos en campañas; se deben centrar las contiendas, bajo las bases en materia de acceso de partidos y candidatos a los medios de comunicación, en el debate de ideas y propuestas, por encima de la trivialidad abrumadora de la mercadotecnia política; y se deben abrir los procesos de los partidos a la ciudadanía, desde los mecanismos para la selección de candidaturas hasta los procedimientos de toma de decisiones y el ejercicio de los recursos de los que disponen.
De no hacerlo, estos vicios tenderán a agudizarse en la medida en que dan buenos resultados a quienes los aprovechan y, con ello, la edificación democrática de los últimos años quedará absolutamente socavada.
Presidente de Alternativa Socialdemócrata
