Angel Mario Ksheratto
Hospitalidad denegada
Haciendo un repaso de los cientos de discursos que ministros y presidentes del mundo han pronunciado sobre México y sus virtudes como país de generosidades y grandiosa hospitalidad, me he encontrado con que todos ponderan la solidaridad y la tolerancia como respuesta a las nobles acciones que el país ha llevado a cabo tanto con refugiados y perseguidos políticos, como con dignatarios y representantes de otras nacionalidades que vienen ya sea en plan de negocios, ya en búsqueda de oportunidades inversoras, ya en asuntos de seguridad internacional; también he leído pomposas alocuciones sobre el papel solidario que México ha asumido en desastres naturales en todas partes del globo. Eso, señores, en el discurso, en ése fino tañer de lenguas que no se refrenan ante lo cierto, pero que se desmienten cuando de tolerancia se trata y callan cuando la solidaridad llama a sus puertas.
Mentira o verdad, complot o realidad desastrosa, el surgimiento de lo que han llamado aparatosamente “epidemia”, desató alrededor del mundo una xenofobia inaudita contra los mexicanos; no ha sido, tristemente, alentada por pandillas pro-nazis, cuadrillas de vulgares vagabundos ni grupos de desadaptados sociales. Han sido sus gobernantes. Sí, esos mismos que han dicho que su política de cooperación con México “se inspira en los valores de la libertad, soberanía popular, respeto a los derechos fundamentales y la defensa activa de la paz”. Los mismos que han dicho que México es “tierra de oportunidades, remanso de libertad para los perseguidos, cobijo natural para los desprotegidos”. La xenofobia viene de quienes han jurado eterna “vocación de solidaridad con México” y han asegurado hacer suyas, las grandes causas solidarias de nuestro país con la humanidad. De ellos -ésos que no se cansan de elogiar a México- han venido las más brutales reacciones contra ciudadanos comunes que por una u otra razón, han tenido, ahora sí, la mala suerte de pisar su territorio. El delito: ser mexicanos, para ellos, probables culpables de introducir a sus países, el incierto virus de la influenza porcina (sigo de terco nombrándole como se supone que debe llamársele), un mal que, por angas o por mangas, sigue siendo centro de sospechas.
Es la inmoral paradoja de una verdad inocultable que abre nuestros expectantes ojos a un mundo de gobernantes ingratos y mal agradecidos que por un lado, vienen a promover la libre circulación de sus mercancías, pero por otro, tratan a nuestros connacionales como ratas de alcantarilla, negándoles el derecho a retomar el camino de regreso a su patria, confinándolos en insalubres cuartuchos de barrio ó haciéndoles pasar humillantes registros corporales que lesionan seriamente la dignidad de éstos. Es el caso de China, cuyas autoridades no han reparado en salvajes violaciones a los derechos humanos de nuestros paisanos, haciéndolos pasar como delincuentes y no como a turistas o empresarios que llegaron a ese país a dejar sus ahorros. No hace mucho, el presidente chino, en un discurso sobre México soltó: “Debemos fortalecer el diálogo, ampliar los consensos, profundizar la amistad, impulsar la cooperación y proteger y fomentar los intereses en común de estos países; debemos explorar las potencialidades de la cooperación, ensanchar sus canales, enriquecer su contenido, innovar sus modalidades e incrementar el comercio y la inversión recíprocos, y debemos fortalecer nuestras consultas y coordinación en los asuntos internacionales de importancia a base de la solidaridad y la colaboración, esforzarnos por tomar acciones unánimes y participar juntos en la elaboración de las normas internacionales en lo económico, financiero y comercial, a fin de encauzar la globalización económica por el rumbo del equilibrio, bienestar general y ganancia conjunta. China y México son por igual importantes países en vías de desarrollo y ejercen importantes influencias en los asuntos internacionales. A nuestros dos pueblos les incumbe la histórica tarea de salvaguardar los derechos e intereses legítimos de los países en desarrollo y promover la sublime causa de la paz y el desarrollo de la humanidad. El pueblo chino está dispuesto a unirse al pueblo mexicano para que se aprendan el uno del otro…” Y vaya que estamos aprendiendo. Estamos aprendiendo que todo ha sido un discurso barato; estamos aprendiendo que la brutalidad de un régimen absolutista, alcanza, desgraciadamente, a quienes no han nacido ahí.
Debo decir, sin embargo, que el pueblo chino nada tiene qué ver con las bestiales medidas de su gobierno contra ciudadanos mexicanos. El filósofo irlandés, Edmund Burker (1729-1797) se viste de razón cuando dice: “No conozco el modo de formular una acusación contra todo un pueblo”. Cierto. La culpa de todo éste lamentable episodio la tienen solamente quienes ejercen cargos de autoridad en China. No los chinos. Y en cierto modo, nuestras autoridades, la OMS y otros personajes del mundo, por alarmar innecesariamente a todos con una “epidemia” que, insisto, sigue sin dar señales de existencia real. Por complicaciones de enfermedades respiratorias (neumonía severa, la más recurrente) mueren miles al año y no ha sido tomada como una epidemia. Con éste virus, unos cuantos y pusieron al mundo de rodillas. Inexplicable. Ahí están las consecuencias: recesión económica, paralización social y xenofobia, por lo pronto. ¿Qué más viene?
Tarjetero
*** Cada vez más, las organizaciones que componen al destartalado PRD, se dan cuenta del error que cometieron al apoyar a Alejandro Gamboa como presidente de ése partido. Y es que Gamboa no ha funcionado ni funcionará, debido a que su sangre azulísima, no le permite juntarse con la chusma. Basta revisar a los candidatos que impuso para la contienda federal, para darse cuenta que el muchachito, no tiene la menor idea de lo que es liderar a una organización política. Lo grave es que no deja de gritar a los cuatro vientos que cuenta con el respaldo del Ejecutivo. ¿Será? *** Luego nos leemos.
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