Jorge Montaño
Desde el primer encuentro en Guadalajara en 1991 a iniciativa mexicana, quedó claro que este mecanismo está sostenido sobre bases frágiles. Se hicieron concesiones para acomodar peticiones planteadas por España y Portugal, con la expectativa que el puente tendido con Europa sería inmejorable. El marco de referencia en el fondo estaba equivocado, ya que se quería conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América pretendiendo ignorar la incursión de las potencias peninsulares en la conquista de nuevos territorios, capítulo lleno de asignaturas pendientes.
A tres lustros de existencia, es difícil evaluar positivamente este ejercicio anual. Con excepciones contadas, que incluyen destacadamente a México y España, poco se ha hecho para vitalizar los trabajos y acuerdos alcanzados, debido a la ausencia de hilos conductores realistas. El modelo de la comunidad británica de naciones, que reconoce a Isabel II como jefa de Estado, o el francés, convocado como un homenaje a una lengua común, han permitido avances que las cumbres iberoamericanas no han alcanzado por falta de objetivos prácticos, capaces de sortear la heterogeneidad de sus 22 integrantes.
En el trayecto ha habido destellos que merecen destacarse. Resalta el apoyo unánime que se brindó en 1992 a la solicitud que hicieron los jefes de Estado a la Asamblea de Naciones Unidas, solicitando la opinión de la Corte Internacional de Justicia sobre la aplicación extraterritorial de la ley. El contencioso inmediato era el secuestro de Álvarez Machain, implicado en el asesinato de un agente de la DEA, detenido en forma ilegal en territorio mexicano por autoridades estadounidenses. La presión ejercida dio resultado y fue devuelto a nuestras autoridades a cambio de que se retirara la petición a la Corte. Otras iniciativas como la de desastres naturales, presentada por México, se archivan debido a la falta de recursos y voluntad política. Esto explica que los estados miembros pierdan interés en estas reuniones, que han devenido en malos eventos sociales sin resultados tangibles.
El acelerado crecimiento de la economía española ha impactado más las relaciones con la región que cualquier cumbre de mandatarios. Las empresas, bancos e inversiones hispanas tienen un lugar especial en América Latina, generando empleos pero también resentimientos. Sus formas de operar despiertan adormecidos rencores entre ex colonias y metrópoli. La reciente visita de Rodríguez Zapatero generó una reacción desafortunada de hoteleros españoles con inversiones en nuestro país, que en forma arrogante y despectiva plantearon sus demandas a las autoridades mexicanas. Estas afortunadamente tienen experiencia manejando exabruptos, lo que no ocurre en el resto del continente, donde las susceptibilidades afloran con rapidez.
La Cumbre en Chile pretendió asimilar el concepto de cohesión social, de moda en Europa, al que únicamente los anfitriones, por su tamaño y éxito socioeconómico, pueden considerar viable. El resto enfrenta una realidad asimétrica en sus sociedades, que se profundiza cotidianamente haciendo imposible aplicar fórmulas exquisitas para atender una polarización lacerante. Las quejas contra las inversiones españolas, vertidas en un foro inapropiado por los presidentes latinoamericanos, se recibieron como ofensa a España por parte de sus autoridades. En efecto, el reclamo no cabía en una reunión de mandatarios, ya que cada país tiene una legislación que debe aplicarse sin distingo de la nacionalidad del inversionista.
Tampoco puede encontrarse una explicación plausible al desconcertante epílogo de una cumbre trunca por sus resultados fallidos, ensombrecidos por la falta de respeto a las reglas básicas del protocolo en que incurrió el soberano español, falla que indudablemente pudo haber evitado la presidenta anfitriona, quien conducía los debates. Una enérgica llamada de atención a tiempo a quienes se disputaban la palabra y la réplica hubiera evitado la ofensiva instrucción que lanzó el rey Juan Carlos al presidente Chávez, escenificando el capítulo más triste de estos encuentros. Ciertamente la figura del monarca había merecido el reconocimiento de América Latina por su ponderación y buen juicio, como lo confirma la confianza al designarlo mediador en conflictos entre estados. Esperemos que no sea el inicio de un despeñadero en la región, ansiosa de encontrar fórmulas de adhesión y no de secesión.
Reflexión final. Como universitario lamento profundamente que la Junta de Gobierno de la UNAM haya cedido sus facultades de designación de rector a las peores prácticas plebiscitarias. Ojalá que no sea para perjuicio irreparable de nuestra casa de estudios.
montesco98@yahoo.com
Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
