Diego Valadés
En 1933, refiriéndose a la crisis espa-ñola, José Ortega y Gasset afirmó: “No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”. Hay muchos signos que indican que algo semejante ocurre ahora entre nosotros. Ante la proximidad del informe presidencial las actitudes son contrastantes: en los círculos oficiales hay euforia; en los opositores, contrariedad; y en la sociedad, salvados los efectos de la publicidad gubernamental, desencanto. Los problemas se han acumulado en el transcurso del tiempo, entre otras cosas, por la paradoja de que nuestros funcionarios públicos no están sujetos a responsabilidades políticas.
Los problemas desatendidos o no entendidos pueden preludiar una crisis sistémica. Son muchos los factores negativos que se han sumado a lo largo de años. En el campo a la miseria sólo se le aplican paliativos; se carece de créditos, de maquinaria y de apoyo técnico suficiente, lo que se traduce en una baja productividad; con la apertura en la importación de maíz y frijol son previsibles tensiones adicionales.
La educación, la cultura y la ciencia presentan también un aspecto deficitario. La enseñanza escolar es de baja calidad; el acceso a la educación superior es muy restringido; la juventud no cuenta con las oportunidades educativas, laborales e incluso lúdicas que necesita y merece; la inversión en investigación y desarrollo es muy inferior a las posibilidades y a los requerimientos nacionales.
La contaminación del aire, del suelo y del agua no tiene visos de solución; continúa la depredación de los bosques y aumenta la desertificación de las tierras de labranza. Los recursos naturales se agotan; hay caída de las reservas petrolíferas y aumento de las importaciones de productos refinados; las fallas en los servicios de energía eléctrica son crecientes.
En el ámbito de la justicia, en varias entidades federativas subsisten la venalidad, la morosidad o la selectividad en la solución de los conflictos, y en todo el país persisten las limitaciones para acceder a la justicia. En seguridad no hay una estrategia para combatir a la delincuencia, y el hacinamiento carcelario y la inexistencia de programas de readaptación social acentúan los problemas en este sector.
Las comunicaciones tampoco ofrecen un aspecto lisonjero: el espectro radioeléctrico está en manos de unas pocas familias de concesionarios, y los concesionarios a merced de unas pocas familias de anunciantes.
En los transportes es previsible la insuficiencia del aeropuerto del Distrito Federal, y están a la vista el deterioro financiero de las dos grandes aerolíneas, la caduquez de los servicios ferroviarios y la vulnerabilidad de un transporte camionero acechado por delincuentes y afectado por carreteras en mal estado. La población campesina está sujeta a tarifas altas y a servicios malos e inseguros.
En cuanto a la cuestión social, crece el trabajo informal; hay un controvertido sistema de pensiones; los servicios médicos están desfinanciados; falta un seguro de desempleo; aumenta la emigración; se estancan los salarios; progresa el caciquismo sindical; se multiplica el pasivo laboral de los organismos públicos; la magnitud de la pobreza disminuye en las estadísticas, pero no en la irritación nacional; la concentración de la riqueza es oprobiosa y la inconformidad está en la calle, sin opciones institucionales para canalizarla.
En materia política, las instituciones padecen descrédito por la ineficiencia, la corrupción o la rutina; hay complacencia ante un neoclericalismo que amenaza al Estado laico; no se advierten esfuerzos serios y sistemáticos para procurar la reconciliación nacional; hay reticencias y resistencias ante la reforma del Estado.
Para aparentar una bonanza inexistente, a partir del 2 de septiembre asistiremos a la conocida estrategia de saturación propagandística como sucedánea de la realidad. Los resultados demoscópicos de esas campañas publicitarias suelen encubrir la verdad. El poder produce espejismos: los padecen los gobernados, víctimas de la propaganda, y los padecen los gobernantes, víctimas de sus propias ficciones. Este instrumento diversivo tiende a agotarse. Necesitamos saber lo que nos pasa y reconocer que la calidad de las soluciones está asociada al renacimiento de la confianza en las instituciones, no a la euforia sin causa.
diegovalades@yahoo.com.mx
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
