Ricardo Pascoe Pierce
En el juego de ajedrez del tablero político, a alguien se le ocurrió enfrentar a la ética con el pragmatismo. La ética (entendida como la moral y las obligaciones del hombre) y el pragmatismo (el único criterio para juzgar la verdad de las doctrinas o propuestas se funda en sus efectos prácticos) han sido contrapuestos en la política mexicana sin saber reconocer el deservicio que le hacen a ambos.
En general, e históricamente, cuando se recurre a la “ética pura” en la política algo se está ocultando. Cuando un discurso político se funda en “los principios”, se genera automáticamente un estado autoritario en las conductas subsecuentes que no tardan en generar conflictos y definiciones o deslindes. Cuando se pretende hacer política desde la ética exclusivamente, siempre se termina imponiendo una situación que polariza indefectiblemente a la sociedad. La pretensión de crear sociedades teocráticas, con un Estado regido por lineamientos religiosos estrictos, siempre acaba en el terror, la imposición y la represión. Los conflictos históricos entre católicos y protestantes, o entre chiítas y sunitas, por sólo mencionar algunos ejemplos de la historia de la humanidad, han derivado siempre en lo mismo: conflicto, imposición, muerte. Pero no sólo en las sociedades teocráticas se da este fenómeno. También se da en las sociedades de “ideología única” y de creencias uniformes e indivisibles, incluso agnósticas. La novela de George Orwell 1984 ya advertía sobre este peligro.
En el otro extremo, el pragmatismo ha generado sociedades llenas de conflictos y enconos. Al grito de “sálvese el que pueda”, una sociedad consumista y materialista sólo admira el logro económico. Así, lo que aparentemente debiera significar un logro importante (el que México cuente de entre sus habitantes al hombre más rico del mundo) en realidad es señal de una profunda disfuncionalidad de la sociedad pragmática y consumista. La simple ope-racionalidad del mercado como instrumento de equilibrio económico y reparto “justo” de la riqueza ha demostrado su ineficacia y, más profundamente, su propensión a operar de tal suerte que genera más conflicto en vez de reconciliación entre los diversos órdenes de la sociedad. El pragmatismo sin reparos inevitablemente crea las condiciones para un desequilibrio social y político que gesta, al final de cuentas, magros resultados para la democracia: la incredulidad, el hastío y la enajenación, en el mejor de los casos. Violencia y confrontación sin término en el peor. Los datos recientes dados a conocer por la Conapo sobre la marginalidad y pobreza extrema en México son prueba fehaciente de que el modelo económico que se tiene hoy no está funcionando como debiera.
Cuando existen por separado y sin relación alguna, la ética y el pragmatismo son recetas perfectas para el desastre. En el plano político, el autoritarismo “ético” de franjas diversas de la izquierda compite con el pragmatismo salvaje de la economía neoliberal de intereses monopólicos y de una ultraderecha oculta en diversos signos políticos. Resulta difícil medir cuál de los dos es menos recomendable.
Para derivar la sociedad hacia soluciones viables y factibles, y para evitar caer en las tentaciones de cualesquiera de esas dos opciones-extremos, es preciso, en primer lugar, fortalecer al Estado laico como eje central de la sociedad. Un Estado que, además, asuma con certeza su papel como regulador de la economía y tome su lugar, junto con el mercado, como instrumento para procesar los criterios que garanticen un reparto más justo y equitativo del ingreso nacional.
En segundo término, es necesario fortalecer la cultura democrática del diálogo entre actores políticos, económicos y sociales del país. Junto con un Estado fuerte, el diálogo y el acuerdo son armas indispensables para hacer que operen las políticas públicas acordadas entre todos. La imposición no sirve; sólo existe el diálogo como elemento transformador de la realidad.
Por último, una sociedad basada en la solidaridad y la convicción de que los unos deben rescatar a los otros de la miseria es requisito sine qua non para lograr que sea la conciliación, y no el conflicto, el fundamento de la convivencia nacional.
Lograr estos tres objetivos puede encaminar a la sociedad hacia soluciones duraderas, aunque no mágicas. La cabal comprensión de la ética y el pragmatismo es el elemento que dará viabilidad al proyecto. No la exclusión, sino su fusión.
ricardopascoe@hotmail.com
Analista político
