Rafael Pérez Gay
A algunos personajes centrales de la cultura mexicana se les perdona todo. Diego Rivera es uno de ellos. A propósito de la inauguración en el Palacio de Bellas Artes de Epopeya Mural, reunión extraordinaria de más de 170 piezas del gran pintor mexicano, he vuelto a preguntarme qué es lo que me disgusta de Rivera. No son pocas cosas. Me molestan su machismo recalcitrante, el comunismo rampante y algo cínico de su discurso pictórico (estalinismo activo para más señas), la idea más o menos hipócrita de que los indígenas son mejores seres humanos por el simple hecho de serlo, su visión maniquea del mundo (buenos y malos en blanco y negro), el disimulo con que el rebelde cobraba en la ventanilla del gobierno para pintar los muros del Estado, el convencimiento de que el pueblo debe ser la esencia de toda aventura artística; en fin, la obligación del compromiso social del arte y demás baratijas. En otras academias y otras culturas, estos rasgos históricos le habrían valido a Rivera varias palizas críticas durante la conmemoración de los 50 años de su muerte.
¿Demerita el altar de Rivera la obra de Rivera, su gran fuerza expresiva? Depende. No, si hablamos de su paso por la vanguardia, el cubismo y el surrealismo; quién sabe si hablamos del muralismo. La historia es más o menos así. Durante los años 20 la identidad cultural porfiriana, devastada por la lucha armada y la guerra civil, cedió su lugar a un nuevo impulso, la búsqueda de la esencia del país. Esta búsqueda transformó a la cultura mexicana. Su actor principal fue José Vasconcelos. La fuerza de la visión vasconcelista, que sostenía que el espíritu (la educación) transformaría a la sociedad, promovió la escuela mexicana de pintura, conocida como muralismo y representada por Rivera, Siqueiros y Orozco. El muralismo fue la expresión y la afirmación pictórica de la Revolución. Nutrido por la idea de que la lucha revolucionaria había sido un redescubrimiento de lo mexicano, el muralismo incorporó las ideas vasconcelistas del regreso a las raíces indígenas, la noción de la lucha de clases, la exaltación de los trabajadores, la crítica del poder.
Alentados y patrocinados por Vasconcelos, los muralistas se encargaron de ilustrar los muros de los edificios públicos. A partir de 1921, José Chávez Morado, José Clemente Orozco y Diego Rivera pusieron en imágenes colosales su propia historia de la Revolución, su versión de la historia de México, de la vida obrera, de la esperanza revolucionaria, de la vileza del burgués. Se consumaba así uno de los grandes momentos de la plástica mexicana. De eso se trata en buena medida la Epopeya Mural, sobre todo los 23 murales o recreaciones de los frescos producidos desde que Rivera proyectó en 1921 La Creación en los muros de la Escuela Nacional Preparatoria (hoy Antiguo Colegio de San Ildefonso).
La obra y la acción vasconcelistas se extendieron hacia las más diversas zonas culturales. Pintores, escritores y músicos formaron parte de esa expansión. Aunque se realizaron fugas extraordinarias del nacionalismo (los Contemporáneos, Carlos Mérida, Rufino Tamayo, por mencionar algunos), hasta principios de los años 50 esa corriente se impuso desde el Estado como cultura oficial. Años después, cuando los 60 tocaban a la puerta, las notas musicales del indigenismo se volvieron inaudibles y la representación de lo popular como atributo de lo mexicano quedó oculta detrás del telón. La obra nacionalista había terminado. Diego Rivera salió adelante de esa bruma y se enquistó en el gusto de la crítica, el canon académico y las admisiones reservadas del Estado cultural.
El mural Gloriosa victoria es uno de los grandes atractivos de la Epopeya Mural. Rivera lo donó al Sindicato de Pintores de la Unión Soviética en 1954, luego se perdió muchos años y al final apareció enrollado en las bóvedas del Museo Pushkin. La obra denuncia la invasión estadounidense a Guatemala y la represión contra los defensores del presidente Jacobo Arbenz. En un acto simbólico que no deja lugar a dudas, Diego Rivera pintó en una bomba el rostro de Eisenhower. Claro, se trata de una bomba antigua, de ésas que tienen aletas en la parte trasera y son regordetas. Por lo demás, el episodio histórico no fue ni glorioso ni hubo una victoria de la cual hoy tengamos que sentirnos orgullosos.
No la menor de las paradojas de esta gran exposición radica en el hecho de que un presidente panista elogie a Diego Rivera. No está mal que así ocurra; al contrario, hablamos al final de un artista superdotado, pero no dejo de pensar que la cultura del viejo priísmo oficial pesa como un piano en una noche de lluvia.
Escritor
