El vuelo del dragón

José Luis Calva

De acuerdo con las consensuadas pro-yecciones presentadas por The Economist Intelligence Unit, en el año 2028 China desplazará a Estados Unidos como la primera potencia económica del planeta (La Jornada, 10 de julio de 2007). Para entonces, su PIB por habitante —que actualmente es de 6 mil 483 dólares, medido en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA)— habrá alcanzado los 39 mil 32 dólares, a valor presente. En contraste, si México mantiene el ritmo de crecimiento observado durante los 24 años de experimentación neoliberal (2.4% anual durante el periodo 1983-2006), apenas logrará incrementar su PIB per cápita —que actualmente es de 9 mil 998 dólares en términos de PPA— hasta 14 mil 764 dólares, a valor presente.
Sería el efecto natural del perseverante sometimiento de México al modelo económico neoliberal versus el premio a la audacia e iniciativa histórica de China, que se ha atrevido a desplegar una estrategia económica hereje al Consenso de Washington.

No hay que olvidarlo: causas iguales producen efectos iguales. De manera casi simultánea, China y México comenzaron la orientación de sus economías hacia el exterior, pero con estrategias radicalmente distintas. China lo hizo mediante una estrategia de mercado dirigido (denominada por los chinos “economía de mercado socialista”), que fue instrumentada a partir de 1979 como plasmación de las reformas promovidas por Deng Xiaoping; México lo hizo mediante una estrategia neoliberal (denominada inicialmente “estrategia del cambio estructural”), instrumentada a partir de 1983 por el gobierno de Miguel de la Madrid y mantenida rígidamente por sus sucesores.

Los resultados de ambas estrategias han sido diametralmente opuestos. En China, el Producto Interno Bruto por habitante se octuplicó en 26 años, presentando un incremento acumulado de 745.8% (con una tasa media de 8.1% anual) entre 1979 y 2006. En contraste, el PIB per cápita de México prácticamente no creció durante los 24 años de experimentación neoliberal, presentando un incremento acumulado de apenas 18.3% entre 1983 y 2006, a una tasa media de 0.7% anual.

¿Qué hizo la diferencia? La clave radica precisamente en sus distintas estrategias de desarrollo e inserción en la globalización. México fue globalizado bajo la ortodoxia del FMI y del Banco Mundial, es decir, mediante una estrategia neoliberal —basada en los dogmas del Consenso de Washington— que comprendió: la apertura comercial unilateral, abrupta y prácticamente indiscriminada; la supresión o brutal reducción de las políticas de fomento económico general y sectorial; la liberalización acelerada e imprudencial de los mercados financieros; la privatización de las empresas públicas como fin en sí mismo (es decir, sin adoptar, en las áreas de interés público, las medidas precautorias y el marco regulatorio para asegurar su mejor funcionamiento y el de los respectivos mercados); la liberalización a ultranza de la inversión extranjera directa y de otros rubros de la cuenta de capital (mercado de dinero, mercado accionario, etcétera); la rígida ortodoxia de la disciplina fiscal y monetaria a ultranza, que cancela la función de las políticas macroeconómicas sobre el crecimiento económico sostenido del producto nacional y del empleo; y, en suma, mediante la reducción del papel del Estado como agente activo del desarrollo económico y social.

China, en cambio, partiendo de sus propias realidades, diseñó por sí misma su estrategia de desarrollo e inserción en la globalización, manteniendo el control de sus procesos de transformación: no realizó una liberalización comercial uni-lateral y abrupta, sino que fue abriendo gradual y selectivamente (por regiones e industrias) su comercio exterior; no suprimió sus políticas de fomento económico general y sectorial, sino que las reformó y diversificó; no privatizó a toda costa sus empresas públicas, sino que elevó la eficiencia de sus grandes empresas estratégicas otorgándoles autonomía financiera y de gestión; no liberalizó abruptamente su sistema bancario, sino que lo reestructuró, rompiendo su estructura monopólica (sistema de un solo banco) para crear un sistema de múltiples bancos y empresas finan-cieras independientes, que inicialmente fueron en su totalidad de propiedad pública o social; no liberalizó precipitadamente la inversión extranjera directa, sino que promovió el ingreso de inversión extranjera hacia ramas económicas selecciona-das, favoreciendo inicialmente la coinversión con empresas estatales chinas (o de colectividades chinas), y aceptando inversiones puramente extranjeras bajo condiciones de completa liberalización primeramente en las zonas comerciales libres orientadas a la exportación.

Además, las políticas macroeconómicas de China —a diferencia de las de México— han estado consistentemente orientadas al crecimiento económico sostenido y no a la estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza.

La conclusión es obvia: en vez de que México permanezca tercamente aferrado a la estrategia económica neoliberal, lo que debemos hacer es desechar los dogmas del Consenso de Washington y desplegar una estrategia endógena de desarrollo e inserción eficiente en la economía mundial.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

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