El TLCAN y el campo mexicano

Amalia D. García Medina

Dentro de 11 semanas aproximadamente entrará en vigor a plenitud el capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio. En lo personal no comparto que existiendo una desventaja injusta en contra de nuestros campesinos, debido a los enormes subsidios que tienen los productores norteamericanos, se elimine todo tipo de arancel y de cuota de entrada a las importaciones de frijol, maíz, carne, leche y caña de azúcar desde el primer día de 2008.
Sin embargo, así está considerado en el acuerdo, lo cual nos obliga a establecer medidas urgentes para evitar un descenso en la ya de por sí mermada calidad de vida de nuestros productores rurales.

Estoy convencida de que debemos promover un diálogo firme y cohesionado con nuestros socios comerciales en una mesa entre el gobierno federal y sus pares, para generar medidas que eviten que los productores de México sean avasallados por la apertura comercial. La disparidad de los subsidios que se reciben en los tres países es enorme, lo cual conduce no a una competencia equilibrada —que debería ser el espíritu del libre comercio—, sino a la posibilidad de arrasar en el mercado debido a los miles de millones de dólares que reciben allá. Debemos demandar que se apliquen los mismos subsidios en los tres países en los productos mencionados, con el objetivo de no generar distorsiones en los precios y terribles efectos para nuestro país.

Es en el campo mexicano donde se concentra la mayor pobreza y la marginación: ahí habita una cuarta parte de nuestra población y viven tres de cada cinco mexicanos en extrema pobreza. Debido al lento abatimiento de la pobreza en el medio rural, muchos hombres y mujeres han abandonado sus comunidades, buscando otras formas de supervivencia. La migración se ha intensificado, abarcando ahora nuevas regiones que antes no eran zonas expulsoras.

Hoy, las remesas y los subsidios son el soporte que mantiene a la economía del medio rural, debido a la falta de dinamismo en la agricultura, al estancamiento de los salarios agrícolas y al impacto de la globalización, que se traduce en el descenso de los precios reales de los productos del sector agropecuario.

Desde luego, existen excepciones: productos agrícolas como frutas y verduras han registrado un aumento en sus exportaciones hacia Estados Unidos; sin embargo, la gran mayoría de la población rural, que se dedica al cultivo de básicos, como el maíz y el frijol, y que es también la población más vulnerable, enfrenta una competencia desleal ya que las políticas de subsidio del gobierno estadounidense, y su influencia sobre los precios internacionales de dichos productos, fomentan su importación en México, lo que termina por desalentar la estructura productiva nacional.

A los cambios estructurales provocados por los multimillonarios subsidios que Estados Unidos otorga a su sector agrícola —mientras, en nuestro país, todavía hay quienes defienden el fin de todos los apoyos al campo—, se ha sumado la volatilidad creada por la oferta y demanda del maíz y otras oleaginosas, por el efecto de la producción de biocombustibles, misma que se reflejó en México durante enero de 2007, cuando se presentó “la crisis de la tortilla”, provocada porque la industria y la ganadería vieron incrementados los precios del maíz amarillo.

No cabe duda que es urgente diseñar estrategias que permitan un desarrollo equilibrado y sustentable del campo, en las cuales el eje central sea la calidad de vida del productor y su aporte al país.

Es una situación difícil, porque coincidimos en la necesidad de avanzar en el ámbito comercial, pero también es imperativo establecer medidas que garanticen una competencia económica más equitativa, junto con políticas compensatorias para las zonas de más alta marginación en nuestro país.

Además, los tratados entre países deben ser más que acuerdos comerciales. En Europa, se ha puesto el acento en la integración con programas que destinan fondos especiales para el desarrollo de las regiones más atrasadas. Un ejemplo es España, que pasó de ser un país expulsor de mano de obra, a contar con fuentes internas de desarrollo que le han permitido incrementar la calidad de vida de su población.

Es indispensable explorar nuevas formas que pongan el acento en las personas para que todas y todos estén incorporados en el desarrollo.

Gobernadora de Zacatecas

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