Manuel Camacho Solís
El informe es el acto político más importante de un Presidente. Concentra el estado político de la nación. El discurso se vuelve importante por lo que dice o deja de decir. La relación con la oposición, por lo que ésta diga y haga, en fondo y forma. El informe es aún más trascendente en una situación donde no existe una nueva institucionalidad que sustituya a la anterior y donde el campo está abierto para cualquier conducta imaginable. El Presidente y la oposición se juegan mucho el próximo 1 de septiembre.
Ha habido informes que dejaron huella. Ahí se diseñó la política o se anunciaron decisiones que cambiarían el rumbo del país. El de Calles, de 1928, donde prefigura su visión sobre la institucionalidad y su solución a la crisis. Los del general Lázaro Cárdenas, donde gana su autonomía y corrige el rumbo de la Revolución. El de López Portillo, donde anunció la expropiación de la banca. Ha habido otros informes —muchos más— que nadie recuerda. Aquellos que fueron parte de la formalidad política del antiguo régimen, concebida para exaltar al Presidente y aglutinar a las representaciones corporativas.
El modelo antiguo hizo crisis en 1982 y en 1988. Primero, porque se generó el temor de que los presidentes pudieran hacer grandes anuncios que pusieran en jaque a algún sector de la sociedad, como ocurrió con los empresarios en 1982. Después, porque el formato y el contenido anterior no eran ya apropiados para contener una nueva realidad política, como sucedió en 1988 con el crecimiento de la oposición aglutinada en el FDN.
Desde entonces no se ha resuelto el problema que representa el informe para los presidentes. Unos han toreado a la oposición con mensajes intrascendentes, que no generen discordia. Otros, han tenido que construir verdaderas barreras policiacas y políticas para poder protegerse de la inconformidad reinante. En algún momento todos han buscado escapar a su responsabilidad, con la idea de entregar el informe, e irse. Se ha creído que el problema es el formato. No lo es. El problema es que no se ha institucionalizado la nueva realidad democrática. Con otro formato, el problema sería muy similar. ¿O qué, porque cambiara el formato, Calderón no tendría un problema semejante al que enfrentará el día 1?
Como no ha sido posible reformar al Estado, particularmente la relación entre los poderes, conforme a un nuevo diseño acorde a una correlación completamente diferente de fuerzas, el próximo informe presidencial tendrá que darse a partir de esta situación aún no resuelta. Lo que digan y hagan el gobierno y la oposición desde luego que tendrá consecuencias. Si el Presidente no dice nada relevante, quedará desdibujado. Si dice cosas que ofendan, generará la reacción consecuente. Si al arranque del gobierno, no puede dar su informe, como ocurrió con Fox en su último año, quedará como una marca difícil de borrar. Si la oposición se acomoda, también se diluirá. Si recurre al griterío, perderá ante la opinión pública. Lo que ocurra en la calle también tendrá consecuencias.
Calderón tiene abiertos demasiados frentes como para pensar que no debiera preocuparse por el Informe. ¿De qué va a informar? ¿Qué semilla ha sembrado en la oposición? ¿Cómo va a responder a las dudas que han suscitado los últimos acontecimientos? ¿Cómo va a reaccionar frente a una oposición a la que no ha reconocido políticamente?
Para la oposición tampoco es sencilla su decisión. ¿Va a legitimar al gobierno después de lo que ocurrió hace un año y de haber sido relegada a pesar de que ganó en la mitad del territorio? ¿Va a recurrir a las mismas formas de protesta en la calle y en el Congreso que refuerzan su aislamiento y el rechazo de una parte de la opinión pública? ¿Va a desaprovechar la enorme oportunidad mediática que el evento representa?
En las actuales condiciones, Calderón tiene solamente una carta: deslindarse a fondo del pasado. La oposición también tiene una sola carta: ser oposición en serio, sin violencia ni estridencias. El hilo está delgado.
Miembro de la Dirección Política del
Frente Amplio Progresista
