El primer centenario

Roger Díaz de Cossío

No crean mis lectores que se trata del centenario de la Revolución. El título se debe a que este es el artículo número 100 que he escrito para EL UNIVERSAL y creo que es un buen punto para recapitular sobre los temas que he tratado una y otra vez. Podría decir que tres son los temas que he reiterado: educación de adultos y en general para los pobres; autoritarismo y rigidez del sistema educativo; y sus contras, flexibilidad y libertad para maestros y alumnos. En todos los temas he tratado de hacer propuestas concretas, sin haber tenido ningún resultado práctico. Me pregunto: ¿por qué? Pondré varios ejemplos tratando de encontrar las razones.
En el caso de la educación de los adultos y los pobres, el resultado es que están discriminados porque no se les asignan recursos suficientes. ¿Por qué? La respuesta es, tristemente, porque somos un país racista. A partir de las clases medias hacia arriba no vemos a los pobres, aunque estén en muchas declaraciones y discursos. Los pobres, los adultos en rezago, los indígenas, no demandan, no reclaman, no ejercen presión política. La educación de los pobres no tiene prioridad presupuestal.

Veamos ahora el caso de la flexibilidad (el contrario de rigidez). Todas las personas con las que he hablado están totalmente de acuerdo con que el sistema educativo debería ser más flexible, en especial a partir del bachillerato. Los alumnos deberían tener plena libertad para escoger sus rutas educativas, sin cortapisas ni reglas perversas. Los sistemas crean enormes complicaciones para los alumnos que trabajan y no se diga para los que tienen que cambiar de escuela o de ciudad. Éstos pierden todo con el cambio. A los alumnos hay que darles libertad. Pero nadie se atreve a ofrecérsela. ¿Por qué? Pues porque somos autoritarios, desconfiados, mafiosos y estamos divididos en compartimentos estancos.

Desde la Constitución somos autoritarios. Sólo la Federación puede fijar los contenidos de la educación básica y normal, igual para toda la República. Somos desconfiados, sólo lo que yo y mi grupo hacemos está bien. Somos mafiosos, como los narcotraficantes, defendemos nuestro territorio hasta la muerte. Y todo el sistema educativo está dividido en grandes cotos que no se comunican entre sí, aunque el pobre alumno debe ir de uno al siguiente. La primaria no se comunica con la secundaria, ni ésta con el bachillerato. Cada universidad hace lo que le da en gana sin tomar en cuenta lo que hacen las demás, con sus carreras y bachilleratos. Y además ahí valen sólo sus propios créditos académicos.

Y en cuanto a la libertad de los estudiantes, todos dicen: “¿Qué tal si desaprovecha la libertad, no hace lo que yo creo que debe hacer?”. O bien, el otro argumento: “Los estudiantes son tontos y no saben escoger”. Y claro que no saben escoger si nadie les ha dado la opción o los ha obligado a ello.

Al igual que a los alumnos les decimos exactamente lo que tienen que hacer, hora por hora, a los maestros tampoco les damos libertad. No la vayan a regar. Les tengo que decir exactamente lo que tienen que enseñar, con horarios, planes y libros de texto.

Finalmente, todos estos son los problemas culturales de una sociedad subdesarrollada académicamente, como la nuestra. Para combatir el subdesarrollo intelectual, el racismo y el autoritarismo, hay que hacerlo desde varios frentes simultáneos, el hogar, la escuela, las actividades sociales, los medios de comunicación. No debemos tener miedo de la libertad, pero si no se la damos a profesores y alumnos, como en Finlandia, nunca la vamos a alcanzar. Siempre esperaremos que alguien nos venga a decir lo que tenemos que hacer.

Estas batallas culturales hay que seguirlas dando sin desaliento; sólo si las ganamos seremos una sociedad más feliz y justa. Algunos cambios se podrán iniciar desde las autoridades, desde arriba. Otros podrían darse con base en pilotos de experiencias educativas exitosas, que podrían ser una herramienta sensacional. Otros nos vendrán de fuera, de un mundo global.

Sigo optimista, habremos de mejorar la calidad de vida de los mexicanos si logramos ir venciendo nuestros prejuicios culturales. Hace sólo dos décadas hubiera sido inimaginable que la sociedad estuviera de acuerdo en la necesidad de la educación sexual en las escuelas.

rogerdc@prodigy.net.mx

Presidente de la Fundación Solidaridad Mexicano-Americana

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