El país que olvida

Sara sefchovich

La semana pasada hablé en este espacio sobre el hecho de que América Latina (México incluido) se ha convertido en el continente olvidado para los países ricos, que no lo toman en cuenta ni política ni económicamente, ni se interesan ya en sus artes y su literatura.
Pero eso tiene una contraparte que tenemos que reconocer, y es que a nosotros tampoco nos importa el mundo. Ni como sociedad ni como gobierno miramos lo que pasa afuera. Los noticieros solamente dan cuenta de otros países cuando hay algún acontecimiento grave, las secciones internacionales de nuestros medios de comunicación son mínimas y malas, los comentaristas apenas si se refieren en contadas ocasiones a ellos, ocupados todos los de “el grupo pensante” como les llamó alguien, nada más en los asuntos propios.

Esta manera de ser tiene una larga historia: desde que España nos cerró y encerró durante tres siglos. Pero siguió con la independencia. Como escribió un viajero, aquí sólo interesaba lo que sucedía en Roma donde estaba el papa, en Madrid donde vivía el rey y en París de donde venían las modas.

La Revolución y el nacionalismo que resultó de ella intensificaron la cerrazón, hasta que en los años 60 del siglo XX, el presidente López Mateos hizo un esfuerzo por incorporar a México al mundo viajando a varios países e invitando a jefes de gobierno a venir al nuestro. Pero eso redundó en poco, pues de hecho la tradición más larga (y festinada por todos) de la política nacional en materia de relaciones internacionales es la llamada “Doctrina Estrada” que aunque pretende ser fruto de una política exterior independiente, consiste en guardar silencio (se le dice “no intervención”) respecto a cualquier asunto de cualquier país en cualquier momento.

Hoy, en plena era de las tecnologías de la comunicación que nos traen al seno del hogar lo que sucede en el mundo (ya no podemos decir, como en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que no nos enteramos), de todos modos no nos han interesado los conflictos étnicos en el este de Europa, las matanzas en Rwanda y en el Sudán, los atentados en la India o en Medio Oriente, ni hacemos nada (como hacen en otros países) cuando hay hambrunas, epidemias o desastres en algún lado.

Dicen que porque esos países nos quedan muy lejos no sólo geográfica sino culturalmente. Pero lo mismo pasa con los que están cerca. Cuando los antentados terroristas en Nueva York, la vida aquí siguió, las telenovelas transmitiendo sus capítulos y la gente llenando los restoranes. El 15 de septiembre del 2001, Fox salió a dar “el grito” y recibió a sus invitados en una fiesta como siempre y el nuestro fue el único país occidental en el que nadie, ni gobierno ni sociedad, convocó a un minuto de silencio o a una oración por nuestros vecinos muertos. En este caso dicen que eso se debió a que con Estados Unidos hay una larga historia de hostilidad. Pero lo mismo sucedió, a pesar de la hermandad que supuestamente nos une con América Latina, cuando Argentina vivió la crisis más brutal de su historia y el país literalmente se cayó sin que nosotros volteáramos a ver.

Nuestra tradición cultural es la de sólo mirarnos a nosotros y encima considerar que eso es lo correcto. Cuando un tsunami devastó el sur de Asia, el Presidente tardó más de un mes en enviar dos buques con alimentos y medicinas (que a su vez todavía tardaron semanas en llegar) y una turista mexicana entrevistada en el lugar dijo que ella mejor se iba a Europa a seguir sus vacaciones porque allí “todo estaba muy feo”.

Y si alguien se atreve a cuestionar estas reacciones, la respuesta va siempre en el sentido de que “tenemos suficientes problemas acá como para pensar en los de otros países” o “tenemos demasiados pobres en México como para andar mandándole nada a los pobres de otros lugares”. Estas respuestas aparecieron publicadas en las secciones de cartas de dos diarios de circulación nacional.

Esto es sorprendente si pensamos, como afirma Jorge Eduardo Navarrete, que “para el acontecer de México es esencial lo que ocurra fuera de casa. Las tramas de la economía, la sociedad y la cultura nacionales están atravesadas por componentes foráneos o determinados en el exterior.” Y aún así, como lo resume Olga Pellicer: “La política exterior tiene poca o ninguna importancia. Ha ocurrido una pérdida de interés en los asuntos externos, como se advierte claramente en el tono y las prioridades de la lucha electoral para las elecciones del 2006”.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

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