Miguel Alemán V.
Una sociedad dividida tiene cicatrices que tardan años en sanar. En las primeras décadas del siglo XX, México comenzaba a superar las grandes contradicciones ideológicas, religiosas, políticas y económicas que, como consecuencia de la Revolución, mantenían enfrentada a su población.
Eran años en los que la extrema izquierda luchaba con vehemencia contra una derecha conservadora. Ambas tendencias creían que el país no podría progresar a menos que pudieran erradicar al adversario. Fueron episodios violentos en los que la visión y el liderazgo políticos lograron consolidar el poder del Estado por encima de los intereses de caciques, sindicatos, grupos políticos, empresarios, Iglesia e intelectuales.
Por aquellos años mi padre iniciaba su responsabilidad como gobernador de Veracruz, y heredaba las secuelas del conflicto religioso y la famosa Ley Tejeda, promulgada años antes, que limitaba el número de sacerdotes.
En esos tiempos convulsos recuerdo la angustia de mi madre cuando mi padre asistía a un acto público, dadas las reiteradas amenazas de muerte recibidas. Mi madre y su hermano, Luis Velasco, que había ingresado un tiempo en el seminario, recurrían al consuelo espiritual de monseñor Rafael Guízar y Valencia, obispo de Veracruz.
En Orizaba, en febrero de 1937, al suspender una misa en una casa particular, un policía hirió a Leonor Sánchez, hija de un obrero, que lamentablemente falleció. La población, suspendiendo sus actividades fabriles, en su indignación llegó a tal extremo que los obreros y sus familias se acostaron en el camino para impedir el paso del vehículo que conducía a mi padre, quien continuó su trayecto a pie.
La turba enardecida reclamaba venganza y rebeldía hacia el gobierno. Entre ésta se encontraba un joven, con un gran carisma, que fue capaz de tranquilizar a la gente y dialogar con claridad con mi padre. Este joven indicó que él tenía las llaves del templo. Hubo un silencio por parte de los inconformes que estaban alrededor. Al acercarse a la iglesia, mi padre notó al joven muy nervioso, pues no tenía las llaves. Al llegar a la puerta empujaron y se percataron de que estaba abierta.
Acto seguido, fueron al palacio municipal, donde mi padre logró hacer una llamada telefónica al presidente Cárdenas, quien le ordenó que se abrieran las iglesias y se permitieran los actos de culto. Así, el presidente Cárdenas dio por concluido el enfrentamiento, dando paso a una nueva etapa de tolerancia religiosa y convivencia pacífica.
Al regresar a Xalapa, mi padre comentó el suceso a mi madre, y al preguntarle ella quién era aquel joven, respondió: “un güerito que se llama Marcial”, sobrino del obispo de Veracruz. Marcial Maciel era ese joven valiente, con liderazgo y convicción, que ingresó en el seminario que el obispo Guízar y Valencia tenía operando clandestinamente en la ciudad de México.
Los sentimientos anticlericales estaban muy vivos, al grado que le advirtieron al joven seminarista que no fuera a Xalapa porque lo “meterían al bote”; al llegar éste a esa ciudad estuvo preso por tres días. Cuando mi padre se enteró dio la orden de que lo dejaran libre.
Así se escriben las páginas de la historia, con el reconocimiento a quien legítimamente corresponde. Hay que resaltar el valor de los hombres y mujeres que reaccionan con mesura y prudencia, en ambos lados, ante las tensiones sociales y políticas.
La primera piedra es la última
Hace años, en la ceremonia luctuosa de mi querido amigo Fernando Gutiérrez Barrios, expresé: “Quienes no tuvieron la valentía de enfrentarlo en vida, que no cometan la cobardía de atacarlo en su muerte”.
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Político, escritor y periodista
