Rafael Pérez Gay
El destino juega a los dados con la posteridad de los artistas. Julio Ruelas murió el 16 de septiembre de 1907, su ataúd y su obra pasaron como una ráfaga de viento al purgatorio del olvido. Sólo hasta mediados del siglo XX los críticos de arte reconocieron la obra de un artista de primera línea en cualquier parte del mundo. El año en el que Ruelas murió corroído por la tuberculosis nació Frida Kahlo, una pintora tocada por la estrella del éxito a la que esperaba una obra trágica que enquistó en el gusto de la crítica y logró con el tiempo la rara flor de la unanimidad. El fantasma de Ruelas ha regresado por lo que le pertenece en la conmemoración del centenario de su muerte: el reconocimiento de uno de los creadores más radicales de la plástica mexicana. De esto trata la gran exposición de su obra expuesta en el Museo Nacional de Arte y abierta al público hace unos cuantos días.
Es probable que el olvido en el que vivió Ruelas durante muchos años se desprenda de su voluntad radical. Despreció el academicismo europeo y la vena popular de José Guadalupe Posada; eligió, en cambio, el laberinto simbólico. Después de la Academia de San Carlos, su escuela fue la Universidad de Karlsruhe en Baden y su modelo las aspiraciones de los románticos alemanes. Cuatro años en Alemania, de 1891 a 1895, fueron suficientes para que Ruelas les agregara a sus atormentados talentos la fuerza de la técnica y la cárcel de la disciplina, pero su nombre estará unido siempre a la Revista Moderna, ese antro pretencioso y genial que fue el nervio del modernismo mexicano y aun latinoamericano. Julio Ruelas produjo para las páginas de esa revista viñetas, letras capitulares, cornisas, ilustraciones, aguafuertes que le dieron imagen a la idea de la decadencia, el gran tema y la gran búsqueda de los escritores reunidos alrededor de Revista Moderna.
¿De qué tratan los óleos, los grabados, los aguafuertes de Ruelas? De la muerte, de la sexualidad abismada, del dolor, del éxtasis y de la pérdida del paraíso. Estos asuntos eran ácido corrosivo para la moral social porfiriana. José Juan Tablada, Bernardo Couto, Alberto Leduc, Amado Nervo, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos, sus compañeros, celebraron en su obra la revelación de la decadencia, esa puerta abierta a una nueva sensibilidad que los convirtió en eminencias antiporfirianas. El jardín imaginado del progreso y la prosperidad porfirianas fue el laberinto en el que los artistas cultivaron sus flores. Pero fueron flores del mal, exuberantes, indomables y salvajes. Julio Ruelas es uno de los principales representantes de ese jardín subvertido.
Ruelas viajó a París en 1904 pensionado por Justo Sierra para estudiar el arte del aguafuerte. Aprendió de J.M. Cazin la técnica y de sus amigos el arte de la bohemia. Vivió en el hotel Saint Michel, bebía coñac por la noches y estricnina con café por las mañanas. Lo mantenía Jesús Luján. Uno de sus amigos, Rubén M. Campos, ha contado para nosotros que la noche del 15 de septiembre de 1907, un grupo de mexicanos celebró las fiestas patrias en un restaurante parisino. Contrataron a Mimí Pinsón y a un ramillete de prostitutas de París. Fue la última fiesta de Ruelas. El cadáver de 36 años yacía en la cama de su cuarto cuando Luján decidió pagarle un lote a perpetuidad en el cementerio de Montparnasse. El escultor Arnulfo Domínguez le esculpió una mujer doliente en mármol que ha acompañado a Ruelas durante 100 años.
Alfonso Reyes tenía serias dudas del decadentismo como forma de vida; en 1908 escribió esto: “Julio Ruelas es satánico, como Baudelaire, y es, como él, aunque de menor intensidad, cristiano negativo. Es lascivo, porque la lascivia es pecado, que si no sería un amante. No sabe, como el amante, del goce de la fecundidad, su amor es doloroso y estéril. Lo que menos hay en Ruelas es espíritu clásico y temperamento de amante”.
El amante desdichado está a punto de perder su tumba, pues la perpetuidad que le pagó Luján duró sólo 100 años. Quizá los huesos de Ruelas vayan a parar a la fosa común de un tiradero anónimo del panteón de Pere Lachaise. Las autoridades del Conaculta no han declarado aún si salvarán el sepulcro del pintor. Por lo pronto, un grupo de admiradores intenta conservar su espacio en Montparnasse. De esto depende que el fantasma de Ruelas regrese o no a su tumba.
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