Alejandro Encinas Rodríguez
Diversas han sido las interpretaciones de lo sucedido durante el Décimo Congreso Nacional del PRD. Desde quienes desestiman sus resultados y consideran que sólo se ha pospuesto la ruptura, hasta quienes con optimismo ven en éstos la posibilidad de consolidar la organización más importante e influyente que la izquierda mexicana haya construido.
Lo cierto es que, pese a los malos augurios y claroscuros de todo evento partidario, el congreso salió adelante, mantuvo la unidad del partido y definió una línea política prácticamente aprobada por consenso. Hacía tiempo que el PRD no discutía y este congreso permitió, como debe suceder en toda organización democrática, debatir dos visiones distintas del desarrollo del partido y de su práctica política, y al mismo tiempo, mostrar capacidad para llegar a acuerdos en la búsqueda de la unidad sin eludir la discusión y las diferencias.
En mi colaboración anterior señalé la necesidad de adoptar tres definiciones básicas para que el PRD saliera avante del congreso: la unidad del partido no como un asunto enunciativo, sino como resultado del acuerdo en la línea política; la renovación de su vida interna, eliminando los mecanismos que permiten la creación de grupos de interés y prácticas clientelares; y la definición de una política de alianzas que supere el pragmatismo y privilegie el acercamiento con movimientos y organizaciones que coincidan con nuestras causas.
Por ello, no son menores los acuerdos que definen al PRD como “una organización de izquierda, plural, amplia, socialista y democrática”; dispuesta a construir una gran alianza democrática y progresista con sectores que manifiesten su compromiso de transformación democrática del país y su coincidencia con nuestro proyecto —por lo que no se harán alianzas con el PAN ni con el PRI—; en la que se combinen diversas formas de lucha desde distintos ámbitos de la sociedad, participando en la movilización social, la protesta pacífica ante cualquier injusticia, en la lucha electoral y en los espacios institucionales, sancionando toda práctica corporativa en su seno.
El congreso ratificó además su participación en el FAP y reconoció en el programa de la Convención Nacional Democrática el contenido esencial de la resistencia al proyecto de la derecha y el fundamento para transformar las instituciones y construir una nueva República.
De manera unánime —despejando dudas— acordó que “bajo ninguna circunstancia reconocerá a Felipe Calderón como Presidente de México y que no habrá dialogo ni negociación alguna con él”.
De manera particular adoptó una resolución que transformará la vida interna del PRD y seguramente trascenderá a otros partidos, e incluso a las instituciones de gobierno: la paridad de género en la integración de los órganos de dirección y de las listas de candidaturas.
Por supuesto, no todo es miel sobre hojuelas; hay además algunos asuntos estatutarios que deberán someterse a prueba, como el cerrar los procesos de elección de dirigentes a los afiliados del partido, cuando los partidos políticos son órganos de interés público; la creación de nuevos órganos de dirección que pueden favorecer una centralización desmedida de atribuciones en la dirección nacional; y la pérdida de autonomía del órgano electoral del partido.
El reto ahora es desarrollar la capacidad de llevar estos acuerdos a la práctica sin interpretaciones discrecionales. Garantizar el derecho de los miembros del partido a elegir a sus dirigentes, superando el déficit que mantiene el padrón de afiliados; y construir una nueva dirección con liderazgo, legitimidad y fuerza institucional que le permita mantener la autonomía política del partido y conducirlo, haciendo contrapeso a las corrientes y liderazgos que hasta ahora han inhibido su democracia interna.
El paso a seguir es no sólo cristalizar los resultados del congreso sino, retomando la crítica de Arnaldo Córdova, evitar que el partido se vuelva presa de disensiones internas, de oportunismos políticos, de la corrupción e incluso de las traiciones. Que mantenga claro —como escribió Carlos Mosiváis en EL UNIVERSAL del 26 de agosto— que ser de izquierda es en primer término “luchar contra la desigualdad y a favor de un proyecto democrático y racional” pasando de las declaraciones a planeamientos específicos. En suma, cristalizar un partido cuya prioridad es atender los grandes problemas nacionales, con valores, principios y propuesta.
aencinas@economía.unam.mx
Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM
