Alejandro Gertz Manero
El luto y la desolación nos embargan a quienes en 1996 y en 2000 creímos inocentemente que México podía superar sus profundos atavismos políticos que lo ataron desde tiempo inmemorial a reyes, emperadores, caciques, seductores e iluminados que convirtieron la vida pública de esta nación en una dictadura, a veces grotes-ca y a veces siniestra, pero siempre corrupta y opresiva, en la cual perdimos la vergüenza, la mitad de nuestro territorio, las riquezas petroleras, los frutos de nuestra minería y el ahorro de todos los mexicanos, para acabar vendiendo baratijas orientales en las calles y entregando nuestros recursos al mejor postor para cubrir pasivos monstruosos e intereses de adeudos impagables, mientras nos aniquilamos los unos a los otros para demostrarle al mundo contemporáneo que aquí el canibalismo y los sacrificios humanos están tan vigentes y tan presentes como si no hubieran transcurrido 500 años de globalización y modernidad.
Para ratificar tan negras perspectivas, este último fin de semana se impartió en nuestra vida pública una cátedra disolvente y amarga del “regreso de los brujos”, que otra vez llegaron para quedarse, en medio de un batidero infecto de abusos, prepotencia, corrupción y cinismo, que en nada se diferencia de la más arraigada tradición de nuestra dictadura perfecta, la cual se repite para demostrar que la “clase política” es idéntica a nuestros lamentables policías vernáculos, que al ser expulsados del paraíso burocrático por ineptos y por ladrones, se les remueve y alborota su acendrada “vocación de servicio”, llevándolos a juicios eternos para obtener el amparo de “la justicia” que les permita recuperar sus puestos y sus míseros ingresos, que deben tener en el fondo ciertos atractivos y una sensualidad que sólo ellos entienden, pero que todos sufrimos.
De igual forma, los aspirantes a las diputaciones, presidencias municipales y gubernaturas se han enfrentado entre sí, con sangre en los ojos y una ferocidad que haría palidecer a los más crueles piratas, para así defender su sacrosanto derecho de servir a la patria; y ay de aquel que piense que esas compulsiones cavernarias se deben fundamentalmente a botines suculentos que convierten al chino de los trinquetes en una verdadera “hermanita de la caridad”.
Esos santos varones de la política, junto con algunas distinguidas damas, han transformado la vida democrática del país en una lucha en el lodo, entre marranitos, tarántulas y demás animalitos que se alimentan con desechos y porquería, para después convertirse por obra y gracia del poder público y de sus sacrosantas instituciones, en pozos profundos de sapiencia y en magos de la impunidad, como lo pueden demostrar algunos ratatouilles que exhiben su impudicia desde los bulevares parisinos sin que los toque ni el pétalo de una rosa.
Si este espectáculo, que debería ser para adultos y con XXXX, no conmueve a nuestras instituciones nacionales para recuperar un mínimo de dignidad y limpieza electoral, el camino de Damasco de la verdadera democracia estará cerrado para siempre y Saulo habrá de quedar eternamente ciego, para que aprenda a no andar viendo cosas que le reventarán la mácula, porque esos territorios de poder y de impunidad sólo les están permitidos a nuestros chamanes y dioses de la política mexicana, que están vacunados contra cualquier ataque pernicioso de decencia.
Por todo ello sólo nos queda, como a los gladiadores que iban a ser devorados por las fieras, exclamar con resignación conmovedora: ¡Salve, oh próceres nuestros! ¡Quienes vamos a morir de vergüenza y frustración os saludamos con humildad y azoro!
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Doctor en Derecho
