María Teresa Priego
Un bebé nace a las palabras amorosas que escucha y a los cuidados corporales que recibe. A los afectos humanizantes. Nace sexuado. Con un cuerpo que busca cobijo y bienestar. Los bebés comienzan a acariciarse muy pronto. Se llama autoerotismo. Nadie los “pervirtió” in utero. Buscan repetir en su cuerpo sensaciones. Asociadas con el cuidado y el amor. Se acarician porque aprenden a quererse. Se indagan. No hay aún un “yo” y un “tú” diferenciado de la figura materna. La fusión existe. El bebé está a punto de tener hambre, y los pechos de su madre ya lo saben. Lacan marca una diferencia esencial en las emociones de los seres humanos, analizando el acto de una madre que alimenta a su hijo: “El deseo y la necesidad no son lo mismo”.
Un bebé llora porque tiene hambre. Su “necesidad” es comer. Pero un bebé llama porque, junto a su necesidad, siente el “deseo” de ser abrazado. De escuchar palabras que le están dirigidas. El “deseo de ser deseado por el otro”. Amado. Reconocido. Un ser humano vive —sobre todo— para amar y ser amado. No importa qué lugar dé al amor en sus prioridades racionalizadas. Vivimos para mirar a las personas que nos son significativas. Y para ser mirados por ellos. Esa es nuestra necesidad. Y ese es nuestro deseo. Y el erotismo es, desde el principio, esa fuerza centrífuga de vida que nos acerca a nosotros mismos y a los otros. El sicoanálisis habla de erotismo desde el principio mismo de la vida. Está ya en el encuentro del bebé con el seno materno. El deseo de ser deseado por el otro. Que algún día. Muchísimo después, se concretará —también— en la actividad sexual.
Lacan coloca al final del “estadio del espejo” el momento en el que un niño se aprehende ya diferenciado de su madre. Ante el espejo percibe que él es él. Aprende que tiene un cuerpo. Su “yo” no está inscrito en el aire. Va a la descubierta de su cuerpo. Es niño o niña. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué su pene, clítoris o vagina no son el equivalente sensorial de su oreja? Las emociones llegan. Las cargas simbólicas también. ¿Cómo vivimos los adultos la descubierta que hace un niño/a de su cuerpo? ¿Con qué imaginarios? ¿Con qué dudas? ¿Con qué experiencias de infancia?
Cuando Freud habló de sexualidad infantil causó estragos. “Atentaba contra la inocencia”. ¿Qué entendemos por sexualidad infantil? Un niño de dos años que acaricia sus genitales no está imaginando escenas lúbricas en los brazos de la Hollander. Es un ser humano que se está buscando. Que quiere y tiene derecho a conocerse. Los adultos interpretamos. El niño está preguntando ¿quién soy? ¿En qué consiste mi cuerpo innegablemente sexuado? Los niños indagan. Aprenden a hablar. A leer. ¿Por qué querrían saber que Benito Juárez es un prócer de la patria y no sentirían una inmensa curiosidad por descubrir su propio cuerpo?
Lanzamos la prohibición. El niño no entiende qué le prohíben. ¿Qué no es su cuerpo? ¿Por qué no explicar que el placer existe de distintas maneras? Tiene sus edades y sus tiempos. Sus condiciones. Reconocer la propia sensualidad es escucharse. Que una adolescente se acaricie no la convierte en ninfómana, dispuesta a malbaratar su cuerpo. El autoerotismo le permite aprender a conocer sus ritmos y los modos de su placer. A saber qué pedir y cómo cuando el momento del encuentro con su pareja llegue. El autoerotismo le revela los caminos concretos de esa sensualidad femenina. Singular y diferenciada. A la que tiene derecho. La adolescente sabe de su cuerpo erotizado. Sin el libro de la SEP. ¿Cómo transmitirle? No la prohibición. No la negación de la “necesidad”. Sino los tiempos humanizantes del deseo.
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