PITA LADDAGA
El niño de tres años se interesa por actividades fuera del hogar y busca a otros niños y niñas con mayor insistencia, le encantan los juegos en que imaginan juntos situaciones fantásticas. Sin embargo todavía están centrados en sí mismos y no siempre son capaces de entender y respetar los deseos de los demás ni se comparten sus juguetes y su espacio. Esta falta de madurez causa la mayoría de las disputas. Es importante respetar sus juegos y no interrumpirlos, solo cuando no puedan solucionar el conflicto, por ejemplo, cuando se peleen por el mismo objeto, conviene ayudarlos “Juanito tu das dos vueltas en el triciclo y luego le toca a Luis. Cuando Luis termine sus dos vueltas te lo regresará”
Algo que suele funcionar es repartir los juguetes uno por uno ó contar las veces que hacen alguna actividad ó medir el tiempo, esto da a los niños un sentimiento de justicia que les ayuda a interactuar con más tranquilidad, pero debemos intervenir lo menos posible y dejar que aprendan a resolver ellos solos sus diferencias. Con el tiempo serán capaces de ponerse de acuerdo para crear un juego más rico, divertido e interesante.
El signo de que un niño madura es que toma en cuenta las necesidades de otros. A medida que crece, el niño descubre que los demás también tienen deseos y necesidades, que todos son iguales y él tiene que considerarse uno más del grupo. Cada vez son menos los pleitos y mas los contactos amistosos; aunque todavía discute, se reconcilia con rapidez y facilidad.
Cuando entra al preescolar comienza a comprender que su libertad es limitada y que debe adaptarse a ciertas reglas para poder participar en un juego. En la escuela tiene que compartir, esperar su turno, pedir lo que desea y poner en palabras sus sentimientos. Tiene que aprender a defender sus derechos y a respetar los de los demás, a expresar sus desacuerdos sin agredir, a observar, participar y a sentirse seguro en el trato con sus compañeros. Luchando y aprendiendo a ceder y hacer acuerdos aprende mucho más de la convivencia y de la amistad que lo que cualquier adulto pudiera enseñarle.
Este es un aprendizaje de muchos años, se va logrando poco a poco y a veces puede no ser fácil. El niño requiere nuestra comprensión y nuestro apoyo, necesita sentir que estamos de su lado y cuenta con nosotros.
Un niño tímido quizá requiera más estímulos para enriquecer su juego imaginativo ó más oportunidades de tratar a otros chicos en un ambiente protegido. Un niño agresivo precisa que le ayudemos a buscar formas de solucionar los conflictos tomando en cuenta su punto de vista y también el del compañero. Si los pleitos son frecuentes es necesario tomarlos en serio, averiguar que le sucede y contemplar sí está viviendo momentos difíciles en casa, si está enojado, triste ó inseguro, tenemos que enseñarle las reglas básicas de la convivencia, tratar de facilitarle otras maneras de expresar sus sentimientos y poner límites a su conducta para evitar que los demás niños lo aíslen ó le hagan daño.
La manera en que aprende a convivir el niño cuando es pequeño va a reflejarse en su vida adulta. La convivencia infantil es la preparación para la solidaridad y la amistad. Los padres no podemos hacer amigos por nuestro hijo pero si podemos enseñarle a relacionarse. Podemos mostrarle cómo nos llevamos con nuestros amigos, si los respetamos, los apoyamos, hablamos bien de ellos, les tenemos cariño. Con el ejemplo, les mostraremos como consolar, ayudar, compartir, cooperar, proteger y defender a otros. Así, sin forzarlo ni exigirle, vamos fomentando en él un interés genuino por el bienestar de otras personas.
Estos serán los cimientos para que el niño descubra uno de los mayores tesoros de la vida humana: la amistad.
