“DON PEJOTE DE LA CHONTALPA”.

Por: Enrique Carbonell Chávez.

CAPÍTULO VI.

Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.

El cual aún todavía dormía. Pidió las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño (Cervantes, Shakespeare, Víctor Hugo, Tolstoi, Dostoievsky, Rousseau, Montesquieu, Volataire, Dante Aligheri, Goethe), y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien volúmenes de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los vio, volviese a salir del aposento con gran priesa, y tomó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo y dijo:

– Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen restos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.

Causó risa ala licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dado de aquéllos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no merecieran castigo de fuego.

– No –dijo la sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas del patio y hacer u montón de ellos y pegarles fuego; y, si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, no molestará el humo.

Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que los dos tenían de la muerte de aquéllos inocentes; mas el cura no se avino a ello sin leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue “El Quijote de la mancha”, y dijo el cura:

– Parece cosa de misterio ésta, porque, según he oído decir, este libro fue de los primeros de caballería que se imprimieron en España, y todos los demás han tomado principio y origen de éste; y, así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusas alguna condena de fuego.

– Asé es verdad –dijo el cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.

– Es –dijo el barbero- “Crimen y castigo” de Dostoievsky una de las más grandes obras de la humanidad.

– Pues en verdad –dijo el cura- que no le ha de valer tanto mérito y reconocimiento literario y humanístico. Tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadlo al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.

Hízolo así el ama con mucho contento y el bueno de Tolstoi fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

– Adelante –dijo el cura- .

– Este que viene –dijo el barbero- es “El Príncipe”, de Maquiavelo, y aun todos los de este lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Cervantes.

– Pues vayan todos al corral –dijo el cura- .

– De ese parecer soy yo –dijo el barbero-.

– Y aun yo –añadió la sobrina-.

– Pues así es –dijo el ama-, vengan, y ala corral con ellos.

Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por la ventana abajo.

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